Caesar Dominus o Iesus Dominus

En los primeros siglos de nuestra era, el cristianismo se encontró en un entorno dominado por el Imperio Romano, donde la figura del emperador no solo era vista como un líder político sino también como una entidad semi-divina.

El término “Caesar dominus”, que se puede traducir como “César es el señor”, reflejaba esa visión, implicando la lealtad y adoración del emperador como si fuera una deidad.

Los primeros cristianos, en contraste, proclamaban “Iesus dominus”, es decir, “Jesús es el Señor”; enunciado que no era simplemente una declaración de fe personal o una expresión teológica; era una afirmación radical que desafiaba el orden sociopolítico y religioso del Imperio Romano.

Al declarar que Jesús es el Señor, los cristianos negaban implícitamente la divinidad del emperador y rechazaban su supremacía. Ese acto de fe representaba una lealtad suprema a Jesucristo por encima de cualquier autoridad terrenal, incluido el emperador.

Para los cristianos, afirmar que Jesús es el Señor significaba reconocer su autoridad absoluta en todas las esferas de la vida, lo que incluía un compromiso con sus enseñanzas y mandamientos, y una esperanza en su reino eterno, no en los poderes transitorios de este mundo.

Este choque de lealtades fue una de las razones por las que los cristianos enfrentaron persecuciones en los primeros siglos, ya que su fe era vista como una amenaza al orden establecido.

Personalmente, a mi avanzada edad, he votado menos veces de las que puedo contar con los dedos de una mano, ya que me he demostrado a mí mismo que el único que realmente me gobierna, y no solo por períodos de cuatro u ocho años, es el Señor Jesucristo y no César.

Cuando Jesucristo planteó la pregunta de si hallaría fe en la tierra a su regreso, invitaba a Su iglesia a reflexionar profundamente sobre la esencia de su confianza y esperanza.

Al referirse a la fe en este contexto, Jesús nos insta a considerar en quién o qué depositamos nuestra confianza suprema. En un mundo donde los poderes y gobiernos temporales, simbolizados aquí como el César, a menudo exigen nuestra lealtad y confianza, la pregunta de Jesús resuena con un desafío significativo.

Nos recuerda que, a pesar de las aparentes seguridades que los sistemas terrenales puedan ofrecer, la verdadera seguridad y sustento provienen únicamente de Él.

Este llamado a la fe se convierte en un recordatorio poderoso para como iglesia de mantengamos un enfoque y dependencia en Jesucristo. Nos enseña a mirar más allá de las soluciones temporales y las estructuras de poder humano, y a confiar en la soberanía divina de Dios sobre todas las cosas.

En este sentido, Jesucristo nos está pidiendo que evaluemos la profundidad de nuestra fe: ¿Confiamos en Él por encima de todo, creyendo que Él nos sustentará a través de cualquier circunstancia, o nuestras esperanzas están puestas en las soluciones humanas y en los líderes terrenales?

La fe de la que habla Jesús es activa, viva y transformadora. No se trata simplemente de creer en su existencia o en sus enseñanzas de manera abstracta, sino de vivir de una manera que demuestre una confianza total en su señorío y en su capacidad para proveer y guiar. Es una fe que se manifiesta en la obediencia a sus mandamientos, en el amor hacia los demás, y en la firme convicción de que, más allá de los cambios y desafíos temporales, su reino eterno prevalece.

Por tanto, la pregunta de Jesús no solo busca anticipar la cantidad de fe que encontrará a su regreso, sino la calidad de esa fe. Nos desafía a cada uno de nosotros a examinar nuestra propia fe: ¿Está arraigada en Cristo, el fundamento inmutable, o está influenciada por las fluctuantes promesas de este mundo?

En este examen, encontramos una oportunidad para reafirmar nuestra confianza en Jesucristo como nuestro verdadero sustentador y señor, más allá de cualquier otra autoridad terrenal.

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