El 25 de mayo de 1660, Carlos II llegó a Dover tras su exilio durante el Protectorado de Cromwell, marcando el inicio de un periodo de profundas repercusiones para los Covenanters en Escocia.
Este retorno, conocido como la Restauración, no solo restauró la monarquía inglesa sino que también trajo consigo una serie de cambios significativos en el panorama religioso y político de Escocia, afectando directamente a los Covenanters, un grupo de presbiterianos comprometidos con la defensa de su fe y prácticas religiosas frente a las imposiciones episcopales.
La Restauración de Carlos II reinstauró el episcopado en la Iglesia de Escocia, revirtiendo las reformas presbiterianas que habían ganado terreno durante los años de la Guerra Civil Inglesa y el Protectorado de Cromwell.
Los Covenanters, que habían firmado el Pacto Nacional en 1638 y el Pacto Solemne y Liga en 1643, se encontraron de repente en una posición de resistencia frente a la autoridad real y eclesiástica.
Estos pactos habían afirmado su compromiso con una iglesia gobernada por presbíteros y su rechazo a cualquier forma de episcopado, que veían como una usurpación de la autoridad espiritual.
Con la restauración del episcopado, comenzó un periodo de 28 años de persecución conocido como «Los Años de Sufrimiento» (The Killing Time).
Carlos II y su sucesor, Jacobo VII, buscaron consolidar el control real y religioso en Escocia, imponiendo obispos y exigiendo conformidad religiosa.
Los ministros que se negaron a aceptar la autoridad episcopal fueron expulsados de sus parroquias y reemplazados por clérigos nombrados por el rey.
Muchas de las congregaciones presbiterianas, leales a sus ministros y a los principios del pacto, se reunieron en conventículos secretos (reuniones ilegales de culto), a menudo al aire libre, para evitar la persecución.
La respuesta del gobierno a estos actos de resistencia fue implacable. Los conventículos fueron prohibidos y cualquier participación en ellos se castigaba con severidad.
Las fuerzas del gobierno, conocidas como los «dragoons», patrullaban el campo en busca de estas reuniones, y muchos Covenanters fueron arrestados, multados, torturados y, en numerosos casos, ejecutados.
Las historias de mártires como Donald Cargill y Richard Cameron, quienes murieron defendiendo su fe, se convirtieron en símbolos de la resistencia covenanter.
Además, el uso de la «Ley de Milicia» permitió al gobierno desplegar tropas en áreas problemáticas, donde imponían la ley marcial, confiscaban propiedades y trataban a los Covenanters con extrema dureza.
Estos años fueron testigos de un sufrimiento intenso para aquellos que se mantuvieron firmes en sus convicciones religiosas, resistiendo tanto la coacción física como la presión psicológica de la persecución continua.
La muerte de Carlos II en 1685 y la ascensión de su hermano Jacobo VII intensificaron la persecución. Jacobo, un católico declarado, intentó imponer una mayor tolerancia hacia el catolicismo y el anglicanismo, lo que solo exacerbó la resistencia presbiteriana.
Sin embargo, su reinado fue corto, y la Revolución Gloriosa de 1688, que llevó a Guillermo de Orange al trono, marcó el comienzo del fin de esta era de persecución.
En 1690, con el establecimiento de Guillermo y María como monarcas, se restauró la Iglesia de Escocia bajo un gobierno presbiteriano, poniendo fin a los años de sufrimiento de los Covenanters.
Aunque estos años dejaron una profunda huella en la historia y la memoria colectiva de Escocia, también fortalecieron el compromiso presbiteriano con la libertad religiosa y la resistencia a la tiranía.
La llegada de Carlos II a Dover aquel 25 de mayo de 1660, por lo tanto, no fue solo un evento político sino un punto de inflexión que desencadenó décadas de conflicto y sacrificio para los Covenanters, dejando un legado duradero en la historia religiosa y política de Escocia.


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