El 1 de noviembre del año 451, se clausuró el Concilio de Calcedonia, que se llevó a cabo en la ciudad de Calcedonia, ubicada en lo que hoy conocemos como Turquía. Este concilio fue el cuarto de los concilios ecuménicos de la Iglesia antigua y el más grande de todos, al que asistieron entre 500 y 600 obispos de distintas regiones del Imperio Romano, así como de otras áreas bajo influencia cristiana.
La magnitud de la convocatoria y el peso de las decisiones tomadas en este concilio dejaron una profunda huella en la teología cristiana y definieron aspectos fundamentales de la fe que serían sostenidos durante siglos.
La principal razón para la convocatoria de este concilio fue resolver una controversia teológica relacionada con la naturaleza de Cristo. En aquellos tiempos, el cristianismo estaba dividido respecto a cómo entender la relación entre lo divino y lo humano en Jesucristo.
En particular, el concilio se organizó para enfrentar una doctrina conocida como la herejía eutiquiana o monofisismo, defendida por Eutiques, un monje de Constantinopla. Según Eutiques, en Cristo existía una sola naturaleza (mono: “una”; physis: “naturaleza”) que era exclusivamente divina, negando así la existencia simultánea de una naturaleza humana y otra divina en Él.
La postura eutiquiana sostenía que la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida o fusionada completamente en la divina tras la Encarnación, lo cual negaba que Cristo tuviera una humanidad plena y real. Esta interpretación fue considerada problemática y hereje porque comprometía la doctrina de la encarnación, es decir, el hecho de que Cristo fue verdaderamente hombre y verdaderamente Dios, dos naturalezas en una sola persona.
La correcta comprensión de esta doctrina era esencial para los padres de la Iglesia, pues afectaba directamente la visión de la salvación; si Cristo no era verdaderamente humano, no podía representar a la humanidad, y si no era verdaderamente divino, no podía ofrecer la redención divina.
Para resolver esta disputa y otras cuestiones doctrinales, el Concilio de Calcedonia proclamó una declaración de fe que hoy conocemos como el Credo Calcedonio. En esta confesión de fe, los padres conciliares afirmaron que Jesucristo es una persona con dos naturalezas, una humana y una divina, completas y sin confusión. Es decir, en la persona de Cristo, ambas naturalezas existen sin mezclarse ni alterarse, y sin dejar de ser plenamente Dios y plenamente hombre. Esta declaración de Calcedonia se volvió un punto de referencia crucial para el cristianismo ortodoxo.
El Credo de Calcedonia expresó que “nuestro Señor Jesucristo es uno y el mismo Hijo, perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad; semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado”.
Con esas palabras, se consolidó la doctrina de las dos naturalezas de Cristo, rechazando la herejía eutiquiana y reafirmando la fe cristiana en la encarnación.
Las decisiones tomadas en el Concilio de Calcedonia no estuvieron exentas de controversia. Algunos grupos cristianos, particularmente en Egipto y Siria, no aceptaron las conclusiones del concilio y continuaron defendiendo el monofisismo.
Esto llevó a divisiones dentro de la Iglesia que persisten hasta hoy, especialmente en las Iglesias Ortodoxas Orientales, que no aceptan el Credo Calcedonio y mantienen una interpretación cristológica distinta.
A pesar de estas divisiones, el Concilio de Calcedonia estableció una base doctrinal importante para el cristianismo en gran parte del mundo, que fue sostenida por la religión católica, la Iglesia Ortodoxa y muchas denominaciones protestantes.
El Credo de Calcedonia sigue siendo una afirmación esencial de la fe cristiana, y sus enseñanzas sobre la persona de Cristo continúan siendo estudiadas y defendidas por teólogos y cristianos de diversas tradiciones.
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En resumen, el Concilio de Calcedonia marcó un punto culminante en la historia de la teología cristiana al establecer la doctrina de las dos naturalezas de Cristo.
Su clausura el 1 de noviembre del año 451 simboliza un momento de unidad y definición para gran parte de la Iglesia, aunque también recuerda las tensiones y divisiones en torno a la naturaleza de la fe cristiana.
El legado del Concilio de Calcedonia sigue vivo hasta hoy, ya que sus decisiones continúan impactando la comprensión cristiana de quién es Jesucristo y qué significa la salvación para la humanidad.

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