“Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” 1ª Juan 2:17 (RVR1960)
En este versículo, el apóstol Juan nos presenta un contraste claro entre lo temporal y lo eterno. El «mundo» y sus «deseos» son efímeros, transitorios y no tienen valor duradero, mientras que la voluntad de Dios es eterna y permanece para siempre.
Eso se relaciona profundamente con nuestra responsabilidad como administradores de los bienes que Dios nos ha confiado, recordándonos que nuestras prioridades deben estar alineadas con Su voluntad, no con los deseos temporales que el mundo ofrece.
La palabra «mundo» (griego: kosmos) se refiere no solo a la creación física, sino al sistema de valores y prioridades que están en contra de Dios. En términos financieros, el «mundo» nos empuja a buscar la acumulación de riquezas, bienes y placeres materiales, pero como siervos de Jesucristo, debemos recordar que todas las riquezas son del Señor y que nuestra mayordomía está centrada en el uso correcto de esos recursos para Su gloria.
No somos dueños de lo que poseemos, sino solo administradores que debemos rendir cuentas al Señor Jesucristo.
La palabra «pasa» (griego: parágo) significa que está en un proceso de desaparecer. Esto nos enseña que los bienes materiales que el mundo ofrece son fugaces, y enfocarnos en ellos no trae valor eterno.
Como ministros de Dios, debemos invertir en lo que permanece, y eso incluye el uso sabio de las finanzas, alineadas con los principios del Reino. En 1ª Timoteo 6:7 se nos recuerda: «Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar«. Esta verdad debe guiar cómo manejamos el dinero y las posesiones que Dios nos ha confiado.
El término «deseos» (griego: epithymía) se refiere a los anhelos desordenados y carnales que el ser humano tiene por lo material. Estos deseos, que el mundo fomenta, tienden a distraernos de nuestro verdadero propósito como mayordomos del Señor.
Nuestra tarea no es acumular para satisfacer deseos vanos, sino buscar la «voluntad» (griego: thelēma) de Dios. La voluntad de Dios para las finanzas es que las usemos para Su gloria, para bendecir a otros y para cumplir con el mandato de expandir Su Reino en la tierra.
«Permanece» (griego: ménō) indica algo que perdura o que tiene un impacto eterno. Cuando seguimos la voluntad de Dios en la manera en que manejamos las finanzas, nuestros actos tienen valor eterno. A diferencia de las riquezas materiales que se desvanecen, las inversiones espirituales, como dar a los necesitados o apoyar el trabajo del Evangelio, permanecen para siempre.
Como administradores, debemos ver las finanzas no solo como recursos para vivir en este mundo, sino como herramientas para sembrar en la eternidad.
Un ejemplo práctico de este principio podría ser cuando alguien decide no gastar todo su dinero en lujos innecesarios, sino que elige dar una porción significativa para apoyar misiones o causas que promueven el Evangelio. Al hacer esto, esa persona está alineando sus decisiones financieras con la voluntad de Dios y, en consecuencia, está invirtiendo en algo eterno, no en deseos temporales que el mundo fomenta.
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En resumen, la enseñanza de 1ª Juan 2:17 nos desafía a reconsiderar cómo estamos usando las riquezas y recursos que Dios nos ha confiado.
Sabemos que todo lo que tenemos administramos es del Señor, y como esclavos voluntarios de Cristo, nuestra tarea es administrar Sus bienes de manera que refleje Su voluntad y Su gloria.
En lugar de seguir los deseos del mundo, debemos recordar que solo lo que hacemos en obediencia a Dios tendrá un impacto duradero.
Aplicando estos principios en nuestra vida diaria, podemos manejar las finanzas de una manera que satisfaga nuestras necesidades, sino que honre a Dios y tenga un valor eterno.

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