El Primer Horfanato en Bristol, Inglaterra

El 11 de abril de 1836 (Historia Contemporánea), marca el inicio de una obra nacida de la fe en la ciudad de Bristol. En esa mañana de abril algo más que una puerta se abrió en la tranquila calle Wilson, en la ciudad de Bristol, Inglaterra: se abría un capítulo de esperanza, compasión y fe que dejaría una huella profunda en la historia del cristianismo práctico. 

Ese día, George Müller, un hombre profundamente entregado a Dios y líder destacado dentro del movimiento de los Hermanos de Plymouth, inauguró su primer orfanato. Pero este no era un orfanato cualquiera, ni estaba fundado sobre los métodos convencionales de recaudación de fondos, beneficencia o caridad estructurada. 

Fue una obra edificada completamente sobre la oración, la confianza en la provisión divina y la fe en la soberanía de Dios.

George Müller no nació filántropo. En su juventud, su vida estuvo marcada por el libertinaje, el engaño y el egoísmo. Nacido en 1805 en Alemania, su conversión al cristianismo evangélico transformó radicalmente su vida. 

Fue durante su estancia en Inglaterra que su fe tomó una dirección más firme y concreta, guiada por un compromiso radical con la verdad bíblica y una convicción profunda en la providencia de Dios. 

Influenciado por el movimiento de los Hermanos de Plymouth —un grupo que enfatizaba la simplicidad de la iglesia primitiva, la centralidad de las Escrituras y la dependencia directa del Espíritu Santo— Müller desarrolló una espiritualidad marcada por la oración y la entrega absoluta a la voluntad de Dios.

Lo que impulsó a Müller a abrir un orfanato no fue una simple sensibilidad social, sino un deseo ardiente de demostrar al mundo que Dios aún escucha y responde a la oración

Quería mostrar, de forma tangible, que la fe viva podía sostener obras prácticas sin recurrir a métodos humanos como las campañas de recaudación de fondos, las solicitudes públicas o las colectas caritativas

Para Müller, la oración no era un complemento del trabajo; era el fundamento mismo de su ministerio.

Así, en esa humilde casa de Wilson Street, acogió a unos pocos niños huérfanos, comenzando una labor que se multiplicaría en dimensiones y profundidad. 

Sin pedir ayuda financiera a nadie, y sin divulgar necesidades específicas, Müller oraba. Y Dios proveía. Desde alimentos diarios hasta fondos para la expansión, cada necesidad era llevada en secreto al trono de la gracia, y el testimonio constante de provisión reforzaba la fe tanto de Müller como de los que lo rodeaban.

Con el paso de los años, el pequeño orfanato en Wilson Street no solo se expandió físicamente, sino que se convirtió en un modelo viviente de lo que puede hacer la fe en acción

Para 1875, los orfanatos establecidos por Müller en Ashley Down, Bristol, estaban cuidando a más de dos mil niños, ofreciéndoles no solo alimento y refugio, sino también educación, formación cristiana y amor paternal. 

Estos niños, que en otros contextos habrían sido ignorados o explotados, fueron elevados en dignidad y esperanza por una obra que no se apoyaba en el poder del hombre, sino en la fidelidad de Dios.

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La historia del 11 de abril de 1836 no es simplemente la historia de una obra de caridad. 

Es la narración de una fe puesta a prueba y de un Dios que respondió. 

George Müller demostró que no se necesita gran riqueza para impactar vidas, sino una gran fe en un Dios generoso. 

Su legado sigue inspirando a creyentes en todo el mundo a confiar en la suficiencia de Dios y a actuar con compasión sin condiciones.

Hasta el final de su vida, Müller mantuvo esa visión: nunca pedir directamente ayuda a los hombres, sino confiar en que Dios movería corazones conforme a su voluntad. 

En total, se calcula que llegó a cuidar a más de diez mil huérfanos a lo largo de su ministerio, y distribuyó millones de Biblias y literatura cristiana. 

Pero todo comenzó ese día de abril, en una calle sencilla de Bristol, donde un hombre oró, confió y abrió la puerta a un milagro.

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