La pregunta nos lleva a reflexionar profundamente sobre la justicia, la soberanía y la misericordia de Dios.
A primera vista, puede parecer que el juicio del diluvio afectó indiscriminadamente a toda la humanidad, incluidos los niños. Sin embargo, al examinar la Escritura y considerar el contexto más amplio de los atributos de Dios, podemos concluir que su acción no solo fue justa, sino también necesaria y misericordiosa.
Para empezar, debemos recordar que toda la humanidad, incluidos los niños, hereda una naturaleza pecaminosa como resultado del pecado original de Adán. En Salmos 51:5, David declara: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Esto no significa que los niños cometan pecados conscientes desde su nacimiento, pero sí que nacen con una inclinación al pecado y están en un estado de separación de Dios debido a la caída.
Esa realidad forma la base para entender por qué el juicio del diluvio no excluyó a los niños: todos estaban bajo los efectos de una humanidad completamente corrompida.
El relato de Génesis 6:5-7 describe la condición de la humanidad antes del diluvio: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón”. Esta descripción deja claro que la maldad había alcanzado un punto de no retorno.
Generación tras generación, los niños que nacían eventualmente se pervertían, imitando la corrupción de los adultos y participando en un sistema de vida que rechazaba completamente a Dios. No era un caso de maldad limitada a unos pocos; la corrupción era total, afectando a toda la humanidad y a cada nueva generación. Por lo tanto, el juicio del diluvio no fue una reacción impulsiva de Dios, sino una respuesta justa y necesaria para purificar la tierra de una maldad que se perpetuaba sin cesar.
Dios, como creador soberano, tiene el derecho absoluto sobre la vida y la muerte. En Hechos 17:25, se nos dice que Él es quien “da a todos vida, y aliento, y todas las cosas”. La vida es un don de Dios, y Él tiene la autoridad para darla y quitarla según su voluntad perfecta.
El juicio del diluvio no fue un acto de maldad, sino un acto de justicia divina. Dios no solo juzgó los actos individuales de las personas, sino también el sistema corrupto que garantizaba que cada nueva generación de niños crecería para seguir los mismos caminos de maldad.
El diluvio fue, en este sentido, un acto de gracia al detener la propagación de un mal que sólo habría continuado destruyendo vidas y distanciando aún más a la humanidad de su Creador.
En cuanto a los niños que murieron en el diluvio, debemos considerar que la muerte física no es el final en el plan eterno de Dios. Deuteronomio 1:39 dice: “Y vuestros niños, de los cuales dijisteis que serían por presa, y vuestros hijos que no saben hoy lo bueno ni lo malo, ellos entrarán allá, y a ellos la daré, y ellos la heredarán”. Este pasaje sugiere que Dios tiene un trato especial para con los niños que no han llegado a la plena conciencia del bien y del mal.
Aunque no podemos conocer todos los detalles de cómo Dios juzga a cada alma, podemos confiar en que Él es justo, misericordioso y bondadoso. Su juicio siempre toma en cuenta las circunstancias y la condición espiritual de cada individuo, y en su soberanía, Él obra de manera perfecta incluso en los casos donde nuestra comprensión es limitada.
Es importante también recordar que Dios fue extremadamente paciente con la humanidad antes de enviar el diluvio. Génesis 6:3 menciona un período de 120 años en el cual Dios contendió con los hombres, dándoles tiempo para arrepentirse.
Durante estos años, Noé, descrito en 2ª Pedro 2:5 como “pregonero de justicia”, proclamó el mensaje del juicio venidero mientras construía el arca. La construcción del arca no solo fue una tarea práctica, sino también un testimonio visible de la gracia de Dios al dar tiempo suficiente para que las personas cambiaran su rumbo. Sin embargo, cada generación que nacía durante este período persistía en la misma corrupción de la anterior, demostrando que la maldad no era circunstancial, sino inherente a la humanidad caída.
El juicio del diluvio, aunque severo, fue necesario para cumplir los propósitos redentores de Dios. Al preservar a Noé y su familia, Dios aseguró un nuevo comienzo para la humanidad. Noé halló gracia ante los ojos de Dios (Génesis 6:8), no porque fuera sin pecado, o porque confiaba en Dios y caminaba en obediencia a Él sino previamente a ello. Este acto de preservación apunta hacia el evangelio, donde Cristo, como el arca definitiva, es el medio por el cual los que confían en Él son salvados del juicio eterno.
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En conclusión, Dios no fue malo con los niños que murieron en el diluvio. La muerte física de los niños no contradice la justicia ni la bondad de Dios, pues su juicio fue una respuesta necesaria a una humanidad completamente corrompida.
Cada generación que nacía seguía el mismo camino de maldad, y el diluvio fue un acto de purificación que detuvo la propagación del pecado. Además, podemos confiar en que Dios, en su misericordia, trata con justicia y compasión a aquellos que no han alcanzado la plena responsabilidad moral.
Su juicio es siempre justo, y su plan eterno es siempre bueno. Por lo tanto, el relato del diluvio no debe interpretarse como una acusación contra el carácter de Dios, sino como una demostración de su justicia, paciencia, misericordia y propósito redentor para la humanidad.


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