Gladys Aylward

El 15 de octubre de 1932, Gladys Aylward, una joven británica con una profunda fe cristiana, partió desde el puerto de Liverpool con un objetivo claro: llevar el evangelio de Jesucristo a China. Aylward, quien trabajaba como sirvienta y provenía de un entorno humilde, había sentido desde joven el llamado de Dios para ser misionera.

Sin embargo, cuando intentó unirse a varias organizaciones misioneras, fue rechazada repetidamente. Los responsables de estas organizaciones creían que no tenía las habilidades necesarias para adaptarse a la cultura china y aprender su idioma, y la consideraban poco calificada para la tarea que deseaba emprender.

Pese a las barreras y al rechazo, Aylward no permitió que las opiniones de otros desalentaran su compromiso con la misión. Ahorró cada centavo que pudo, y cuando finalmente reunió suficiente dinero, compró un boleto de tren y partió hacia China, un viaje que resultó largo, arduo y peligroso.

Este viaje implicó cruzar Europa y gran parte de Asia, enfrentándose a situaciones de peligro, falta de recursos y retos que la mayoría hubiera considerado insuperables. La determinación de Aylward, su fe inquebrantable y su disposición a sacrificarse fueron fundamentales para superar estas pruebas.

Al llegar a China, Aylward se estableció en la provincia de Shanxi, donde colaboró con una anciana misionera llamada Jeannie Lawson. Juntas, abrieron una posada llamada “La Posada de la Sexta Felicidad”, un lugar donde se recibía a los viajeros con el objetivo de ofrecerles hospedaje, pero también la oportunidad de compartirles el Evangelio.

Los caminos por los que transitaban los viajeros eran largos y peligrosos, y este tipo de posadas servían como un refugio en el camino. Mientras los viajeros descansaban y compartían relatos de sus vidas, Aylward aprovechaba la oportunidad para hablarles sobre Cristo y su mensaje de salvación.

Con el tiempo, Aylward se ganó el respeto y el cariño de la comunidad china, no solo por su dedicación a la obra evangelística, sino también por su disposición a involucrarse en todos los aspectos de la vida de sus nuevos vecinos. Ella adoptó las costumbres locales, aprendió el idioma con gran rapidez y se convirtió en ciudadana china.

Su amor y compromiso la llevaron a ser una defensora incansable de los derechos de las mujeres y los niños. Aylward ayudó a erradicar la práctica del vendado de pies, una tradición dolorosa y opresiva que afectaba a muchas niñas chinas, y asumió un papel crucial en la protección y rescate de huérfanos.

Una de las hazañas más notables de Gladys Aylward fue su heroico rescate de más de un centenar de niños huérfanos durante la guerra entre China y Japón. Al estallar la Segunda Guerra Sino-Japonesa, Aylward, que en ese momento ya se encontraba a cargo de un orfanato, se vio en la peligrosa situación de tener que evacuar a los niños bajo su cuidado para salvarlos de la inminente invasión japonesa.

Con determinación, lideró una travesía agotadora a través de las montañas, enfrentándose a la escasez de alimentos, al cansancio y a la amenaza constante de ser capturados. La travesía duró semanas, y a lo largo del camino, Aylward mostró una valentía y un amor incansables, animando a los niños a seguir adelante y confiando siempre en la providencia divina.

Su vida, marcada por sacrificios, riesgos y una fe profundamente arraigada, inspiró la película “La Posada de la Sexta Felicidad” (The Inn of the Sixth Happiness), protagonizada por Ingrid Bergman. Aunque la película se toma ciertas libertades creativas, su núcleo central destaca la determinación, la devoción y la compasión de Aylward, características que la convirtieron en un ejemplo vivo de la fe en acción.

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El legado de Gladys Aylward continúa hasta hoy, no solo por el impacto que tuvo en aquellos a quienes ayudó directamente, sino también por el ejemplo que dejó de obediencia al llamado de Dios, de coraje frente a la adversidad, y de amor sacrificial.

Su historia sigue siendo una fuente de inspiración para quienes desean servir a Dios y a sus semejantes, recordándonos que la capacidad de ser usados por Dios no depende de nuestras habilidades o de cómo otros nos vean, sino de nuestra disposición a obedecer y a confiar en Su provisión.

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