El 28 de octubre de 1949, Jim Elliot, un misionero cristiano estadounidense, escribió en su diario una de sus frases más recordadas y profundamente inspiradoras: “No es un necio el que da lo que no puede conservar para ganar lo que no puede perder.” Esta cita refleja la convicción y entrega que definieron su vida, un camino marcado por una fe radical y un compromiso inquebrantable con el evangelio.
Elliot no fue solo un misionero; fue un hombre que, impulsado por una fe sólida y un amor profundo por los no alcanzados, dejó atrás las comodidades de su vida en Estados Unidos para adentrarse en el corazón de Ecuador, con la misión de llevar el mensaje de Jesucristo a los Huaorani, también conocidos como los Auca, una tribu indígena aislada y conocida en aquel entonces por su hostilidad hacia los extranjeros.
La frase de Elliot no es simplemente una declaración filosófica, sino un reflejo de la doctrina calvinista que subraya la naturaleza transitoria de las cosas terrenales frente a la eternidad de las cosas espirituales.
La frase resalta que no es insensato renunciar a las cosas pasajeras de este mundo, que de todas maneras no podemos conservar eternamente, a cambio de la vida eterna, una bendición que jamás podrá sernos quitada. En este sentido, Elliot comprendía que su vida y todo lo que poseía en este mundo eran temporales, pero que las promesas de Cristo eran eternas e inquebrantables.
Su compromiso y su enfoque hacia la vida, por lo tanto, no solo estaban moldeados por su deseo de compartir el Evangelio, sino por su firme convicción de que la eternidad con Dios era una realidad más sólida y digna que cualquier bien material o seguridad terrenal.
Este acto de entrega, motivado por un amor y una gracia divina, tuvo sus raíces en una teología reformada que entiende la vida cristiana como un sacrificio vivo. Elliot sabía que el llamado de Cristo a “tomar su cruz” implicaba una renuncia radical a las seguridades humanas en favor de un propósito divino.
Esta renuncia no era vista como una pérdida, sino como una ganancia superior. En las doctrinas de la gracia soberana, reconocemos que Dios es quien elige y preserva a su pueblo y que la vida del creyente está en las manos de un Dios soberano, cuyo propósito es perfecto.
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Jim Elliot abrazaba esta perspectiva; veía su misión como una obra predestinada en la que debía ser fiel, sabiendo que los resultados de su labor, incluso si no los veía en vida, estaban asegurados en el plan eterno de Dios.
Esa frase también resuena con el testimonio de su vida y su muerte. En 1956, Elliot, junto con cuatro compañeros misioneros, fue asesinado por miembros de la tribu Huaorani a quienes intentaba evangelizar. Esta tragedia fue interpretada por muchos como el sacrificio último, una entrega total a la voluntad de Dios.
Sorprendentemente, su muerte no significó el fin de su obra. Más tarde, varios miembros de los Huaorani, incluyendo aquellos que participaron en el ataque, llegaron a conocer a Cristo a través de los esfuerzos de la esposa de Elliot, Elisabeth, y otros misioneros que continuaron el trabajo.
La frase que Elliot escribió en su diario en 1949 se convirtió en un legado viviente de su visión y fe, demostrando que, efectivamente, él había ganado algo que no podía perder: la satisfacción de haber servido al propósito eterno de Dios y haber dejado un impacto espiritual que ni siquiera la muerte pudo borrar.
Jim Elliot y los otros misioneros que lo acompañaron en su misión en Ecuador pertenecían a denominaciones protestantes evangélicas, con una fuerte influencia de la fe reformada.
Aunque sus trasfondos específicos varían, todos compartían un compromiso profundo con la doctrina de la gracia y un enfoque teológico basado en las Escrituras, característico del movimiento evangélico.
Jim Elliot en particular provenía de un contexto cristiano con inclinaciones hacia el calvinismo y la doctrina reformada. Él y sus compañeros fueron fuertemente influenciados por el pensamiento reformado, que enfatiza la soberanía de Dios, la gracia incondicional y la seguridad en la salvación.
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Los misioneros estaban profundamente comprometidos con una fe que no solo comprendía el conocimiento teológico, sino que también exigía una vida de entrega y sacrificio.
El grupo de misioneros que incluyó a Elliot, Pete Fleming, Ed McCully, Roger Youderian y Nate Saint, colaboraba bajo la organización Mission Aviation Fellowship y el enfoque misionero del Instituto Bíblico de Wycliffe, ambos alineados con una visión evangélica y reformada del evangelismo.
Su misión a los Huaorani reflejaba el ideal de llevar el evangelio a aquellos pueblos que aún no tenían acceso a las Escrituras, convencidos de que Dios había predestinado a algunos para la salvación y que ellos, como siervos, estaban llamados a ser medios para cumplir ese propósito.

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