La Ciencia Médica

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A lo largo de la historia, la ciencia médica ha «evolucionado», pero muchas de sus prácticas han sido cuestionadas y consideradas absurdas con el tiempo.

Un ejemplo claro es el tratamiento de la histeria femenina durante el siglo XIX y principios del XX.

En esa época, las mujeres que presentaban síntomas de ansiedad, cambios de humor y depresión eran diagnosticadas con histeria por sus médicos.

El tratamiento más común consistía en masajes pélvicos para inducir el «paroxismo histérico», lo que hoy conocemos como un orgasmo.

Este es solo un ejemplo que ilustra cómo prácticas médicas que alguna vez se consideraron «científicas» y legítimas fueron soluciones absurdas y carentes de «ciencia», más aún desde la perspectiva actual.

La ciencia médica no siempre sigue un camino evolutivo de mejora constante; a menudo, lo que se consideraba un tratamiento avanzado se revela como ineficaz o incluso perjudicial con el tiempo.

Por eso, actualmente hay tratamientos que son vistos como «poco científicos» y lo serán aún más en el futuro.

Otro ejemplo es la terapia de electroshock, utilizada en algunos casos de depresión severa y trastornos mentales, la cual ha sido vista como una práctica extrema y potencialmente dañina.

Asimismo, el uso excesivo de medicamentos opioides para el manejo del dolor ha generado una crisis de adicción y sobredosis, cuestionando su eficacia y seguridad a largo plazo.

Ni hablar de los tratamientos a personas que «se sienten» vivir en un cuerpo que no les corresponde, incurriendo en procedimientos que les estiran e implantan partes del cuerpo a muy temprana edad.

Estos ejemplos subrayan la verdad sobre la ciencia médica, que aunque busca basarse en la evidencia y la razón, no siempre ofrece soluciones evolutivas o racionales.

Lo que se acepta hoy como un «tratamiento efectivo y seguro» puede ser visto en el futuro como una práctica absurda.

Esto nos recuerda que debemos mantener una perspectiva crítica, reconociendo que las soluciones humanas del pasado y actuales deben ser cuestionadas y reevaluadas, lo que sin duda ocurrirá en los próximos siglos.

Desde el punto de vista de la fe en Cristo, no podemos asegurar que la ciencia posee una respuesta a preguntas existenciales tan profundas. La ciencia, en su búsqueda de comprender el mundo natural, solo ofrece conocimientos y avances que mejoran nuestra calidad de vida. Sin embargo, hay límites inherentes a lo que puede abordar.

La ciencia se centra en lo observable, lo medible y lo verificable, y su método es eficaz para explicar los fenómenos físicos y biológicos.

No obstante, las preguntas existenciales más profundas —sobre el propósito de la vida, el significado del sufrimiento, la naturaleza del alma y la existencia de Dios— trascienden el ámbito de la ciencia, perteneciendo al dominio de la teología y la espiritualidad.

La ciencia médica, aunque ha hecho progresos asombrosos, también ha evidenciado sus limitaciones y, en muchas ocasiones, ha propuesto soluciones que hoy consideramos absurdas.

Solo la Biblia proporciona una revelación divina que ilumina estas cuestiones existenciales desde una perspectiva eterna y trascendente.

La fe en Cristo nos enseña que nuestra verdadera esperanza y significado no se encuentran en los descubrimientos y avances humanos, por útiles que puedan ser, sino en la revelación de Dios.

Jesús mismo dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). Esta declaración nos recuerda que las respuestas a nuestras preguntas más profundas se encuentran en Él. Mientras que la ciencia puede proporcionar información valiosa y herramientas útiles, solo la fe en Cristo puede ofrecer una comprensión plena y satisfactoria de nuestro propósito y destino eternos.

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