El ser humano, al ser creado a imagen de Dios, fue constituido como administrador de la creación, no como su dueño. Esta verdad fundamental se hace aún más clara cuando comprendemos que todo cuanto poseemos –tiempo, talentos, relaciones y, por supuesto, bienes materiales– nos ha sido confiado por Dios para que lo gestionemos conforme a su voluntad.
En medio de este encargo divino, la Escritura se nos presenta no como un simple código moral, sino como la luz verdadera que alumbra el camino del mayordomo fiel.
Toda riqueza, ya sea mucha o poca, no encuentra su sentido en la posesión misma, sino en el propósito para el cual Dios la concede. Y para conocer ese propósito, no basta el consejo humano, ni la cultura de este siglo, ni los impulsos del corazón, sino que es la Palabra de Dios la que debe gobernar nuestra mente y nuestras decisiones.
En ella hallamos el principio: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2ª Timoteo 3:16). La administración del dinero, entonces, no puede quedar fuera de esta instrucción.
Quien desconoce las Escrituras, no podrá discernir la verdadera utilidad de las riquezas. Vivirá creyendo que el dinero es un fin, cuando en realidad es solo un medio. En cambio, aquel que se somete a la enseñanza bíblica, reconoce que el dinero no es nuestro amo, sino un siervo que debe ser dominado y dirigido por principios eternos.
Por eso, el temor de Dios –que es el principio de la sabiduría– nos lleva a consultar primero las páginas de la Escritura antes que los mercados del mundo.
La Palabra de Dios no solo nos instruye sobre la corrupción del corazón humano respecto al oro y la plata, sino que nos equipa con discernimiento para resistir la codicia y abrazar la generosidad. En ella aprendemos que la riqueza mal adquirida lleva a la ruina (Proverbios 10:2), pero que el justo que teme al Señor no será sacudido aunque cambien las temporadas económicas (Salmo 112:6-7). La Escritura nos enseña que es mejor tener poco con integridad, que muchas riquezas sin justicia (Proverbios 16:8), y que el que es fiel en lo poco, será puesto sobre mucho (Mateo 25:21).
Además, la Escritura nos recuerda constantemente que todo lo que poseemos es don de lo alto. “Porque ¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido?” (1ª Corintios 4:7). Esta verdad produce humildad en el corazón del creyente próspero y consuelo en el corazón del creyente que vive con escasez. Ambos hallan en la Palabra un consuelo superior a las fluctuaciones del mercado: la fidelidad inmutable del Dios proveedor.
La administración bíblica de los recursos no es una simple práctica económica, sino una respuesta de adoración. El dinero no puede ser entendido correctamente si no se le coloca bajo el gobierno del Señorío de Cristo.
Por eso, quien desea usar bien su dinero, debe primero rendirse al gobierno de la Palabra. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105); esto incluye el camino de cada decisión financiera.
Desde el ahorro prudente hasta la inversión generosa, desde el trabajo diligente hasta el contentamiento con lo que se tiene, la Escritura regula y dirige cada aspecto de la vida económica del creyente.
Nos guarda del amor al dinero, que es raíz de todos los males (1ª Timoteo 6:10), y nos recuerda que no trajimos nada a este mundo, y nada podremos sacar (1ª Timoteo 6:7). Así, las Escrituras nos alejan del engaño del materialismo y nos conducen a valorar las verdaderas riquezas: el temor de Dios, la paz de una conciencia limpia, la comunión con Cristo, y el gozo de compartir con los necesitados.
En definitiva, quien desea ser un buen administrador de las riquezas que Dios da, debe sumergirse en las Escrituras no como quien busca una técnica, sino como quien escucha la voz del Maestro. Porque solo quien ha sido instruido por Dios sabrá cómo usar el oro de esta tierra para los fines del Reino de los Cielos.


Deja una respuesta