La Verdadera Alegría según C. S. Lewis

El 5 de noviembre de 1959, el reconocido apologista cristiano C. S. Lewis escribió una carta en la que reflexionaba profundamente sobre la naturaleza de la verdadera alegría y su diferencia con el placer superficial o la simple diversión. En su carta, Lewis expresó: “Toda alegría (distinta del simple placer, y más aún de la diversión) enfatiza nuestra condición de peregrinos; siempre recuerda, llama, despierta el deseo. Nuestros mejores “teneres” son “anhelos”.

En estas palabras, Lewis explora la idea de que la verdadera alegría es algo más que una experiencia pasajera o un placer momentáneo; es, en realidad, un recordatorio de nuestra condición como peregrinos, como personas en camino hacia una meta final que va más allá de lo terrenal.

La “alegría” para Lewis es una experiencia que, aunque puede ser breve, tiene una profundidad que apunta hacia algo eterno e inalcanzable en este mundo. Esta idea de ser “peregrinos” refleja su comprensión cristiana de la vida, donde la existencia terrenal es temporal y limitada, un viaje en el que cada momento de verdadera alegría es una señal o un destello de lo que nos espera en la eternidad.

Para Lewis, la alegría despierta un anhelo, un deseo de algo que trasciende las realidades mundanas. Esta experiencia de alegría auténtica nos recuerda que estamos hechos para algo más grande y duradero que las meras satisfacciones de esta vida.

Mientras que el placer o la diversión pueden ofrecer momentos de alivio o distracción, no tienen el mismo efecto transformador que la verdadera alegría, la cual despierta en el corazón humano un sentido de nostalgia y una anticipación de algo perfecto e inalcanzable aquí en la tierra.

Lewis creía que esta nostalgia no es una decepción sino una promesa, una señal de que nuestros corazones anhelan la plenitud que solo se encuentra en Dios.

La última frase de su reflexión, “Nuestros mejores ‘teneres’ son ‘anhelos’,” plantea una paradoja que encapsula el pensamiento de Lewis sobre la naturaleza del deseo y la plenitud. En lugar de que nuestras posesiones o logros terrenales sean el punto final de satisfacción, lo más valioso para nosotros son aquellos anhelos o deseos profundos que apuntan hacia algo que aún no tenemos.

Para Lewis, el verdadero tesoro no reside en obtener cosas materiales o en satisfacer todos nuestros deseos inmediatos, sino en el anhelo mismo, que mantiene viva nuestra esperanza y nuestra búsqueda de algo superior. Estos deseos insatisfechos nos ayudan a mantener nuestra mirada fija en Dios, quien es la fuente de la verdadera y plena alegría que anhelamos.

Este concepto de “deseo insatisfecho” se relaciona estrechamente con la doctrina cristiana de la redención y la esperanza en la vida eterna. Según esta perspectiva, la plenitud y la verdadera satisfacción no se alcanzan en esta vida, sino que nos son prometidas en la eternidad, cuando finalmente estemos en la presencia de Dios.

Lewis veía este deseo como una señal divina, una forma en que Dios mantiene vivos nuestros corazones y mentes en la búsqueda de algo que Él mismo ha prometido. En este sentido, la vida cristiana es una peregrinación constante, donde cada experiencia de verdadera alegría es una especie de “señal” de lo que está por venir y nos invita a seguir avanzando en fe.

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Las palabras de Lewis nos animan a abrazar esos deseos profundos y auténticos que surgen en momentos de verdadera alegría.

En lugar de ver esos anhelos como una falta o una frustración, podemos verlos como una bendición que nos acerca más a Dios y nos recuerda que estamos hechos para una realidad superior.

La verdadera alegría, según Lewis, no nos permite aferrarnos a lo terrenal, sino que nos impulsa a mirar hacia adelante, hacia nuestra meta final.

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