¿Nos estamos Suicidando poco a poco?

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Muchas personas criticaron a John MacArthur cuando afirmó que Jesús murió por todos nuestros pecados, abarcando los del pasado, presente y futuro, incluyendo el pecado del suicidio entre estos.

Cabe aclarar que John MacArthur no es mi referente, así que les pido que no juzguen sin justa razón; no he defendido ni defenderé sus puntos de vista, mi intención es solo plantear una reflexión sobre el pecado del suicidio, tanto directo como indirecto, aunque el término “indirecto” pueda parecer contrario a lo bíblico.

La Palabra del Señor nos enseña que nuestro cuerpo le pertenece, que debemos cuidarlo ya que la vida le pertenece a Él y no podemos arrebatarla.

Además, las Escrituras nos instruyen a respetar y valorar nuestro cuerpo como templo del Espíritu Santo (1ª Corintios 6:19-20), enfatizando la importancia de vivir de manera que honre a Dios tanto en cuerpo como en espíritu.

Se nos recuerda también que somos creados a imagen de Dios (Génesis 1:27), lo cual confiere un valor intrínseco a cada vida humana, impulsándonos a cuidar de nuestra salud y bienestar.

La Biblia promueve el amor y el cuidado hacia nosotros mismos y hacia los demás, reconociendo que cada acción hacia nuestro cuerpo tiene un impacto espiritual. Por lo tanto, se nos anima a adoptar hábitos saludables y evitar comportamientos dañinos, entendiendo que nuestra salud física, mental y espiritual están interconectadas y contribuyen a nuestra capacidad para servir a Dios y a nuestra comunidad.

Está científicamente demostrado que ciertas dietas ricas en azúcares, grasas y sal pueden provocar enfermedades que, a menudo ignoradas, tienden a acortar la vida y a propiciar el desarrollo de otras afecciones.

Estas incluyen, pero no se limitan a, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hipertensión, obesidad y ciertos tipos de cáncer.

La acumulación de grasas saturadas y trans en la dieta contribuye a la formación de placas en las arterias, elevando el riesgo de ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares.

El exceso de azúcar, por otro lado, puede llevar a la resistencia a la insulina, una precursora de la diabetes tipo 2.

Además, el consumo elevado de sal se asocia con el aumento de la presión arterial, un factor de riesgo para enfermedades del corazón.

Estas condiciones no solo impactan negativamente en la calidad de vida, sino que también pueden reducir significativamente la longevidad. Por tanto, la adopción de hábitos alimenticios saludables es esencial para prevenir estas enfermedades y promover una vida más larga y saludable.

A partir de lo anterior, cada uno puede concluir si está o no acortando su vida mediante la elección de un estilo de alimentación rico en azúcares, grasas y sal; en esencia se está autoinfligiendo daño (es decir, comete un acto de autolesión y suicidio lento) mediante las comidas que consume.

¡Que desde este momento Dios nos nos advierta!

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