El peligro de no reconocer a Dios como Rey y Señor, tal como lo hacían los primeros cristianos del primer siglo, que estaban dispuestos a dar incluso su vida, es un tema que resuena profundamente en nuestra época.
En aquellos tiempos, la devoción y el compromiso con Dios eran tan profundos que definían cada aspecto de la vida de los creyentes, incluyendo su manera de enfrentar el martirio.
Hoy, sin embargo, esa ferviente verdad se ha diluido en muchos ámbitos de la fe. La tendencia a seguir a políticos o partidos políticos en lugar de mantenernos firmes en la fe y actitud que caracterizaba a los primeros seguidores de Cristo ha llevado a una disminución de nuestra responsabilidad como siervos.
Este cambio de enfoque no solo aleja a las personas de las enseñanzas y el ejemplo de vida que Jesús estableció, sino que también promueve una fusión peligrosa de ideales políticos con principios de fe, a menudo resultando en compromisos que desvirtúan el mensaje del Evangelio.
En este contexto, nuestras decisiones y acciones ya no están primordialmente guiadas por las Escrituras o la búsqueda de la voluntad de Dios, sino por agendas políticas y la búsqueda de poder terrenal.
En lugar de usar nuestros medios económicos para reflejar los valores del reino de Dios, tales como la generosidad, la justicia y el cuidado de los necesitados, a menudo nos encontramos atrapados en patrones de gasto y ahorro que priorizan intereses personales o políticos sobre los principios bíblicos.
Esa alineación con determinados partidos o ideologías políticas puede llevarnos a justificar prácticas financieras que están en conflicto con los valores del Evangelio, como la acumulación de riquezas a expensas de los demás o la indiferencia hacia la pobreza y la injusticia.
Esto no solo afecta nuestra integridad como creyentes, sino que también diluye el testimonio de la iglesia ante el mundo, al parecer más preocupada por asuntos políticos que por vivir y proclamar el amor transformador de Cristo.
Para contrarrestar esta tendencia, es crucial que los creyentes se esfuercen por mantener a Cristo en el centro de sus vidas, incluidas sus decisiones políticas y financieras.
Esto significa reevaluar continuamente nuestras prioridades y compromisos a la luz de las Escrituras, buscando primero el reino de Dios y su justicia en todo lo que hacemos.
Solo así podemos esperar vivir de una manera que refleje fielmente los valores del reino de Dios, incluso en un mundo cada vez más polarizado y politizado.
Las finanzas, que deberían ser administradas bajo el Señorío de nuestro Rey y Dios, a menudo se rigen por criterios lejanos a los principios bíblicos de mayordomía, como el secularismo o el humanismo.
Los primeros cristianos entendían que todo lo que poseían era por la gracia de Dios y para su gloria. Su administración del dinero y los recursos reflejaba una obediencia y un deseo de servir a Dios en todas las cosas.
Esta perspectiva los mantenía alejados del amor al dinero y los centraba en el amor a Dios y al prójimo.
En contraste, la dilución de esta visión en la actualidad nos enfrenta al riesgo de que nuestras finanzas se desvíen de ser un medio para glorificar a Dios y se conviertan en un fin en sí mismas.
La solución a este desafío es volver a poner a Dios como el centro de nuestra vida y mayordomía, reconociendo su señorío en todas las áreas, incluidas nuestras finanzas. Esto implica recuperar la marcada actitud de devoción y sacrificio de los primeros cristianos, permitiendo que nuestra gestión financiera refleje nuestra fe y compromiso con Dios.
Solo así nuestras finanzas podrán ser verdaderamente gobernadas por nuestro Señor y Rey, llevándonos a vivir de manera que glorifique a Dios en todo lo que hacemos.

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