El 16 de septiembre de 1498 marca la muerte de Tomás de Torquemada, una de las figuras más infames de la historia española y europea. Torquemada, nacido en 1420 en Valladolid, España, fue el primer Gran Inquisidor de la Inquisición Española, un organismo creado para mantener la pureza de la fe católica en los reinos de Castilla y Aragón.
Bajo su liderazgo, la Inquisición adquirió una reputación temible por el uso de tortura, ejecuciones y la represión de herejías, en particular contra conversos, judíos y musulmanes que habían sido obligados a convertirse al cristianismo.
Torquemada provenía de una familia de conversos, es decir, judíos que se habían convertido al cristianismo, lo que hace su rol en la persecución de otros conversos aún más irónico y trágico. Su tío fue el influyente cardenal Juan de Torquemada, y desde temprana edad, Tomás se destacó por su devoción religiosa y su celo por la fe católica.
A lo largo de su vida, Torquemada se convirtió en un ferviente defensor de la ortodoxia religiosa y un firme opositor de cualquier desviación de la fe católica.
En 1478, los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, solicitaron al Papa Sixto IV la creación de una Inquisición española para combatir la herejía, especialmente entre los conversos que habían adoptado el cristianismo pero que, en muchos casos, continuaban practicando sus antiguas creencias en secreto. El Papa aprobó la creación de la Inquisición, y en 1483, Torquemada fue nombrado Gran Inquisidor de Castilla y Aragón.
Bajo su mando, la Inquisición se volvió sinónimo de terror. Se estima que Torquemada fue responsable de la muerte de al menos dos mil personas, aunque algunas fuentes sugieren que la cifra podría ascender a diez mil.
Estos fueron quemados en la hoguera después de ser acusados de herejía. Miles más fueron torturados brutalmente para extraer confesiones, y otros veinticinco mil fueron condenados a castigos menores, como la confiscación de bienes, el destierro o la prisión.
Los métodos utilizados por la Inquisición para obtener confesiones incluían la tortura física y psicológica. Entre los procedimientos más comunes estaba la estrapada, en la que la víctima era colgada por las muñecas con pesas atadas a los pies, causando un dolor insoportable y a menudo dislocando las extremidades. Otros métodos incluían el potro, un instrumento que estiraba el cuerpo de la víctima, y el agua, en el que se vertía agua forzosamente en la boca de la víctima, una forma temprana de lo que hoy conocemos como «simulacro de ahogamiento» o «waterboarding«.
La Inquisición no solo se centró en la represión de conversos judíos y musulmanes, sino también en aquellos cristianos que mostraban cualquier desviación de la doctrina oficial.
Las acusaciones de herejía, brujería o incluso crítica a la Iglesia podían llevar a alguien ante el tribunal inquisitorial. Sin embargo, los conversos judíos fueron uno de los grupos más afectados, ya que se sospechaba que muchos continuaban practicando el judaísmo en secreto.
Torquemada también fue un firme defensor de la expulsión de los judíos de España. En 1492, bajo su influencia, los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Expulsión, que ordenaba a todos los judíos que no se convirtieran al cristianismo a abandonar España.
Se estima que alrededor de ciento sesenta mil judíos fueron expulsados, perdiendo sus hogares, posesiones y, en muchos casos, sus vidas mientras intentaban encontrar refugio en otros países.
Aunque el nombre de Torquemada es sinónimo de crueldad y fanatismo, no actuaba solo. Contaba con el pleno apoyo de los Reyes Católicos, quienes veían en la Inquisición una herramienta para consolidar el poder real y la unidad religiosa en sus reinos. Sin embargo, la reputación de Torquemada era tan terrible que incluso en su época muchos lo consideraban un extremista.
El Papa Sixto IV, quien había autorizado inicialmente la creación de la Inquisición, llegó a oponerse a sus métodos brutales, aunque su intervención fue limitada por la determinación de los monarcas españoles.
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El legado de Torquemada es sombrío. Su nombre ha perdurado como símbolo de la intolerancia religiosa y la represión brutal. A pesar de las atrocidades cometidas bajo su mandato, la Inquisición continuó durante siglos después de su muerte, con varios sucesores que mantuvieron los métodos y las políticas que él estableció.
La Inquisición Española no fue oficialmente abolida hasta 1834, dejando tras de sí una mancha imborrable en la historia de España y de la Iglesia Católica.
La muerte de Torquemada el 16 de septiembre de 1498 marcó el fin de una era particularmente oscura en la historia de la Inquisición, pero su influencia y los horrores que promovió continuaron afectando a España durante generaciones.

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