La noción de que necesitamos más tiempo es una falacia común en una sociedad obsesionada con la productividad. La verdad es que no se trata de la cantidad de tiempo, sino de cómo lo administramos.
Necesitamos enfocarnos más; cuando estamos dispersos entre múltiples proyectos, compromisos y responsabilidades, nuestro tiempo y energía se diluyen.
Imaginemos una luz. Cuando está difusa, ilumina suavemente una habitación. Pero cuando se enfoca, como en un láser, puede cortar acero. Así es nuestro enfoque; cuando se canaliza, se convierte en una fuerza poderosa.
Si tomamos menos proyectos, podemos darles la atención que merecen y llevarlos a cabo con excelencia. Menos compromisos significan que cada uno que elegimos conservar tiene un valor y un propósito claros.
Piensa en el arte de hacer malabares. Con una pelota, es sencillo. Con tres, se convierte en un acto de circo. Pero si intentas con diez, lo más probable es que todas terminen en el suelo. Así sucede con nuestras obligaciones. Al disminuir el número de pelotas que intentamos mantener en el aire, mejoramos nuestra destreza en el manejo de las que quedan.
Además, al reducir nuestras responsabilidades, liberamos espacio mental y físico para el descanso y la recreación, que son esenciales para la recuperación y la creatividad.
Un músico no puede tocar sin pausas; las pausas dan forma a la música. De manera similar, el descanso estructura nuestro tiempo y nos permite volver a nuestras tareas con renovada energía y perspectiva.
Por ejemplo, un estudio podría mostrarnos que trabajadores que tienen menos responsabilidades pero más especializadas tienden a reportar niveles más altos de satisfacción en el trabajo y rendimiento.
Un estudiante que se centra en menos materias o proyectos a la vez suele tener un desempeño académico más alto que aquellos que se dispersan en demasiadas áreas.
En conclusión, más que añadir horas a nuestro día, debemos sumar intención a las horas que tenemos. Esto significa establecer límites, decir “no” con más frecuencia y elegir con sabiduría a qué dedicamos nuestro tiempo.
La gestión del tiempo, por tanto, se convierte en la gestión de la atención y las prioridades.


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