Biblicismo Antiintelectual

Michael Reeves, en su análisis del enfoque de algunos sectores evangélicos hacia la fe cristiana, critica lo que describe como un biblicismo antiintelectual. Este tipo de biblicismo se caracteriza por una actitud de “yo y mi Biblia”, que rechaza cualquier fuente de sabiduría externa, incluyendo la tradición cristiana, los credos históricos y el pensamiento teológico desarrollado a lo largo de la historia. 

Reeves identifica esta postura como problemática porque lleva a una comprensión limitada de las Escrituras y a un aislamiento innecesario del vasto legado intelectual y espiritual de la Iglesia.

En este contexto, Reeves subraya una distinción clave: el principio de la sola Scriptura no debe confundirse con la idea de que “no deberíamos tener otro credo que la Biblia”. La sola Scriptura, formulada durante la Reforma Protestante, establece que la Biblia es la autoridad suprema y suficiente en cuestiones de fe y práctica. 

Sin embargo, no implica que los cristianos deban rechazar los credos, las confesiones de fe o las obras teológicas que han ayudado a interpretar, sistematizar y aplicar el mensaje bíblico a lo largo del tiempo. Al contrario, Reeves argumenta que estos recursos, lejos de competir con la Escritura, sirven como guías valiosas para profundizar en su comprensión y aplicación.

Además, Reeves sugiere que esta actitud antiintelectual perjudica la capacidad de los cristianos para dialogar con el mundo y con otras tradiciones dentro del cristianismo. 

Al rechazar fuentes externas de sabiduría, los creyentes pueden quedar atrapados en una visión estrecha de la fe, incapaces de interactuar plenamente con los desafíos intelectuales y culturales de su tiempo. 

Por ello, Reeves aboga por una recuperación del equilibrio: una fe centrada en la Escritura, pero enriquecida por el vasto depósito de conocimiento y sabiduría que la tradición cristiana ha cultivado a través de los siglos.

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Michael Reeves llama a los cristianos a superar un enfoque aislado y antiintelectual hacia la fe. 

Aunque la Biblia debe ser reconocida como la autoridad final, esto no significa rechazar las herramientas y recursos que la Iglesia ha desarrollado para interpretar su mensaje. 

Un entendimiento robusto de la sola Scriptura implica valorar la contribución de la tradición cristiana, permitiendo a los creyentes tener una fe más profunda, informada y capaz de enfrentar los desafíos contemporáneos.

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