El 17 de abril de 1880 (Historia Contemporánea), nació Charles Leonard Woolley, uno de los arqueólogos británicos más destacados del siglo XX y figura clave en el desarrollo de la arqueología como ciencia moderna. Su nombre está íntimamente ligado al redescubrimiento de la antigua ciudad sumeria de Ur, uno de los asentamientos más antiguos y emblemáticos de la civilización mesopotámica.
Su enfoque meticuloso, su estilo narrativo vívido y su respeto por la historia antigua transformaron la arqueología de una actividad casi romántica en una disciplina sistemática, científica y profundamente humana.
Nacido en Londres, Woolley fue educado en la Universidad de Oxford, donde estudió teología, aunque pronto se interesó por la historia y las culturas antiguas.
A pesar de que no tenía una formación arqueológica formal al principio de su carrera, fue uno de los primeros en ser considerado un “arqueólogo profesional”. Su carrera comenzó con excavaciones en Nubia y Turquía, pero fue su colaboración con el British Museum y la Universidad de Pensilvania la que lo catapultó a la fama internacional.
Entre 1922 y 1934, Woolley dirigió las excavaciones en Ur de los Caldeos, en el actual Irak. Allí descubrió no solo los restos monumentales del zigurat (una especie de templo escalonado), sino también tumbas reales con tesoros que rivalizaban con los hallazgos egipcios de Tutankamón.
Entre estos tesoros destacan el “Estándar de Ur”, intrincados instrumentos musicales, joyas elaboradas en oro y lapislázuli, y restos humanos que daban testimonio de rituales funerarios complejos. Estos descubrimientos ofrecieron una mirada directa a la vida, cultura y creencias religiosas de los sumerios, una de las civilizaciones más antiguas conocidas.
Una de sus contribuciones más significativas fue el descubrimiento de lo que interpretó como evidencia de un gran diluvio, al encontrar una capa de sedimento profundo en el sitio de Ur. Aunque no se trataba de un diluvio universal en sentido bíblico, Woolley lo conectó con tradiciones mesopotámicas como la Epopeya de Gilgamesh, y sugirió que podría haber inspirado relatos posteriores como el del Diluvio en el libro del Génesis.
Además de su trabajo en el campo, Woolley se destacó por su habilidad para comunicar sus hallazgos al público general. Escribió varios libros y ensayos que hicieron accesibles los descubrimientos arqueológicos a lectores comunes, ayudando a despertar un interés duradero por la historia antigua del Cercano Oriente. También desarrolló métodos de documentación cuidadosos y promovió la conservación del patrimonio cultural excavado, sentando estándares que influirían en generaciones posteriores de arqueólogos.
Su carrera no estuvo exenta de riesgos. Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como agente de inteligencia en Oriente Medio, y más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, continuó sirviendo a su país. Por su servicio, fue condecorado con varios honores, entre ellos el título de Sir, siendo nombrado caballero en 1935.
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Charles Leonard Woolley falleció en 1960, pero su legado continúa vivo en los museos que albergan los tesoros que desenterró, en los libros que escribió y, sobre todo, en la manera en que cambió para siempre la práctica de la arqueología.
Su vida fue un puente entre mundos: entre el polvo de las ruinas y el asombro del descubrimiento, entre el pasado enterrado y el presente que busca comprenderlo.
Su obra en Ur no solo reveló la grandeza de una civilización olvidada, sino también el profundo anhelo humano por conocer sus orígenes.


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