La palabra griega traducida como “dad” en Lucas 20:25 es «ἀπόδοτε» (apodote), proveniente del verbo «ἀποδίδωμι» (apodidōmi). Ese verbo significa «dar», «entregar», «devolver» o «pagar». Se utiliza en contextos donde se implica una entrega o devolución de algo a la persona que corresponde o que tiene derecho sobre ello.
En ese pasaje, la forma del verbo está en modo imperativo, lo que indica una orden o instrucción directa.
Este versículo forma parte de un diálogo entre Jesús y algunos de los escribas y principales sacerdotes en el templo. Ellos intentaban atrapar a Jesús en sus palabras para acusarlo frente a la autoridad romana, preguntándole si era lícito pagar tributo al César o no.
Jesús, percibiendo su astucia, pidió que le mostrasen una moneda y preguntó de quién era la imagen y la inscripción que tenía. Al responder ellos que era del César, Jesús pronunció la famosa frase, señalando una distinción entre las obligaciones terrenales y las espirituales.
La instrucción de “dar” en este contexto lleva consigo una profunda enseñanza sobre la relación entre las responsabilidades civiles y espirituales de los creyentes.
Jesús no sólo responde a la pregunta en términos de la obligación fiscal hacia las autoridades terrenales, representadas por el César, sino que también eleva la discusión a un plano espiritual al mencionar la obligación hacia Dios.
El mandato de dar a César lo que es de César implica que como sus seguidores debemos cumplir con sus deberes cívicos, incluidos los impuestos y el respeto a las leyes del país, siempre que estos no entren en conflicto con la palabra de Dios.
Sin embargo, la frase “y a Dios lo que es de Dios” nos recuerda que nuestra lealtad suprema y compromiso más profundo deben estar con Él. Esto implica una entrega total de la vida, el corazón y el alma a nuestro Creador, reconociendo Su soberanía y autoridad sobre todas las cosas.
Este versículo, entonces, establece un principio de equilibrio entre las obligaciones terrenales y espirituales, enseñándonos a transitar por la vida en un mundo gobernado por autoridades humanas, sin perder de vista nuestro primer compromiso y deber hacia Dios.
La sabiduría de Jesús en esta respuesta evita las trampas políticas de la época y, al mismo tiempo, ofrece una enseñanza atemporal sobre la prioridad de la fe y la obediencia a Dios en la vida del creyente.

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