#sabiasque La palabra “canon”, que hoy usamos para referirnos a los libros aceptados como inspirados en la Biblia, tiene un origen sorprendentemente sencillo y simbólico. Proviene del griego kanón (κανών), que significa literalmente “caña” o “vara de medir”.
Esta caña no era una cualquiera, sino una planta del tipo que crece recta, firme y liviana, utilizada por los antiguos como instrumento para trazar líneas rectas o verificar proporciones. En otras palabras, servía como una regla.
Con el tiempo, este término pasó a significar cualquier norma o medida fija. Así, kanón evolucionó en su uso figurado para representar una norma de referencia, un estándar, o una medida de evaluación en diferentes campos: arte, música, conducta… y por supuesto, en la fe.
En el contexto cristiano, “canon” empezó a utilizarse para designar los libros que, tras un proceso riguroso y espiritual de discernimiento, fueron reconocidos por la comunidad cristiana como regla de fe y práctica, es decir, autoritativos, inspirados y normativos.
El Canon Bíblico, por tanto, es ese conjunto de libros que forman la medida segura para nuestra doctrina y vida. No fueron escogidos arbitrariamente, sino reconocidos por su consistencia, autenticidad apostólica, valor teológico y edificación espiritual a lo largo del tiempo.
Esta imagen de una caña recta usada como regla tiene una fuerza simbólica notable: así como el artesano mide su obra con una vara recta, así también el creyente mide su doctrina, su conducta y su esperanza con la Palabra revelada de Dios.
El canon no es solo una lista de libros; es la línea recta por la cual se evalúa todo pensamiento, práctica y enseñanza.
Por eso, cuando hablamos del “canon bíblico”, estamos hablando del estándar divino de verdad. Aquello que, como la caña del griego antiguo, traza la línea entre lo que es inspirado y lo que no lo es, entre lo que debe guiar la fe del pueblo de Dios y lo que no debe añadirse ni quitarse.


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