El Edicto de Diocleciano

En el 20 de noviembre del año 303 d.C., en el contexto de la Gran Persecución, el emperador romano Diocleciano ofreció una Amnistía Condicional a los cristianos encarcelados en todo el Imperio. Esta oferta marcó uno de los momentos más críticos en la relación entre el cristianismo y el poder imperial romano, ya que exponía la resistencia de los cristianos frente a las exigencias del culto imperial y las tensiones internas del régimen romano.

El contexto de la Gran Persecución. La Gran Persecución, iniciada en el año 303 bajo los edictos de Diocleciano, fue la última y más violenta campaña imperial contra los cristianos. Diocleciano, junto con sus correyes Maximiano, Galerio y Constancio Cloro, buscó reafirmar la unidad del imperio mediante el restablecimiento de la adoración a los dioses romanos tradicionales. En su visión, el cristianismo, con su rechazo a participar en los rituales cívicos paganos, era una amenaza a la cohesión del estado.

El primer edicto, promulgado en febrero de 303, ordenaba la destrucción de iglesias, la quema de las Escrituras cristianas y la prohibición de los cultos cristianos. Posteriores edictos obligaban a todos los cristianos a sacrificar a los dioses romanos como muestra de lealtad al emperador y al sistema religioso tradicional.

Las cárceles desbordadas y la oferta de amnistía. A medida que las persecuciones avanzaban, muchos cristianos fueron arrestados por negarse a sacrificar a los dioses romanos. Sin embargo, el efecto fue inesperado: en lugar de quebrar su fe, la persecución produjo una resistencia masiva. 

Las cárceles, que ya estaban diseñadas para albergar criminales comunes, se llenaron rápidamente de cristianos. La logística de mantener a tantos prisioneros se volvió insostenible, provocando un problema administrativo y financiero para las autoridades.

Ante esta situación, Diocleciano emitió una amnistía condicional: aquellos cristianos encarcelados que aceptaran sacrificar a los dioses romanos serían liberados. 

Ese acto tenía una doble intención: por un lado, aliviar la presión sobre el sistema penitenciario, y por otro, socavar la resistencia cristiana, esperando que algunos, debilitados por la cárcel o temerosos, cedieran a las demandas imperiales.

La respuesta cristiana. La mayoría de los cristianos rechazaron la oferta de amnistía, permaneciendo firmes en su fe. Para ellos, sacrificar a los dioses romanos equivalía a apostatar y negar a Cristo, lo cual era inaceptable. 

Esta resistencia no solo mantuvo la fe cristiana viva en medio de la persecución, sino que inspiró a otros creyentes a permanecer fieles a pesar del sufrimiento.

Aquellos cristianos que aceptaron la amnistía y sacrificaron a los dioses enfrentaron severas críticas por parte de sus propios correligionarios, quienes los consideraban traidores o “lapsi” (caídos)

Más tarde, la Iglesia tendría que lidiar con la reintegración de estos lapsi, un debate que provocó divisiones internas en algunas comunidades cristianas.

Impacto y legado. La amnistía de noviembre de 303 no logró los objetivos de Diocleciano. En lugar de debilitar al cristianismo, fortaleció su cohesión interna y resaltó el testimonio de aquellos que preferían morir antes que renunciar a su fe.

Este evento es un ejemplo de cómo la persecución no destruyó el cristianismo, sino que, en muchos casos, lo consolidó. La firmeza de los mártires y confesores se convirtió en un pilar fundamental para la expansión del cristianismo en los siglos posteriores.

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La resistencia cristiana durante la Gran Persecución, incluyendo el episodio del 20 de noviembre de 303, fue crucial para esta transformación, demostrando que la fe en Jesucristo era más fuerte que las amenazas del poder imperial.

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