El Espíritu Santo, las Arras de Nuestra Herencia

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“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” Efesios 1:13-14

Cuando el apóstol Pablo habla del Espíritu Santo como las “arras de nuestra herencia”, está usando una expresión jurídica y comercial que, en su tiempo, era muy conocida: las arras eran un anticipo, una prenda inicial que aseguraba que la transacción completa se llevaría a cabo. 

Era como un depósito, una garantía vinculante. En el contexto espiritual, el Espíritu Santo dado a los creyentes cumple esa función: es el anticipo del cielo, la prenda inicial de la gloria eterna.

La palabra que Pablo utiliza en el original griego para “arras” es “arrabón” (ἀρραβών), un término que proviene del lenguaje comercial y legal de la época. Se refería a un pago inicial que aseguraba el cumplimiento del contrato o la entrega total de un bien. 

Era más que una promesa: era un compromiso legal vinculante. Al usar esta palabra para describir la obra del Espíritu Santo, Pablo está mostrando que Dios no solo ha hecho promesas futuras, sino que ha efectuado un acto presente y tangible al darnos Su Espíritu como una garantía irrevocable de que la herencia celestial será cumplida en su totalidad.

Dios no solo nos ha prometido la redención final, la vida eterna y la plena comunión con Él, sino que nos ha dado una garantía visible e interior de que todo eso se cumplirá sin falta. Esa garantía no es algo externo o material. Es Su propio Espíritu morando en nosotros.

El apóstol lo explica con claridad también en 2ª Corintios 1:21-22: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.”

Aquí hay dos elementos: el sello y las arras. El sello es la marca de pertenencia; así como los antiguos sellos marcaban a quién pertenecía una carta o documento, el Espíritu en nosotros testifica que somos propiedad de Dios. Pero las arras van más allá del sello: son la muestra tangible de lo que está por venir.

Esto no es algo que depende de emociones o sentimientos cambiantes, sino de una obra soberana de Dios. Él mismo ha decidido no solo prometernos la herencia, sino darnos desde ahora una porción de ella. 

El Espíritu en nosotros es ya vida eterna comenzada, es poder de resurrección operando en nuestra debilidad, es la comunión con Dios en medio de un mundo caído.

En 2ª Corintios 5:5, Pablo lo expresa así:

“Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.” El contexto de este pasaje es la esperanza de una morada eterna, un cuerpo glorificado. Aun cuando gemimos en este cuerpo, aguardando la redención, el Espíritu Santo es la garantía de que no esperamos en vano. Lo que Dios ha comenzado en nosotros, lo terminará.

Filipenses 1:6 también afirma esta verdad con convicción: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”

El creyente, entonces, no camina en incertidumbre. Aunque el mundo lo sacuda, aunque las pruebas lo debiliten, aunque su carne sea débil, el Espíritu Santo en él es prenda viva de lo eterno. 

Dios no se limita a darnos promesas escritas: nos da Su propia Persona como anticipo. Y si Dios ha puesto en nosotros una garantía tan grande, ¿cómo no cumplirá con fidelidad el resto?

La herencia prometida no es solo un cielo físico, sino la gloria de estar para siempre con Cristo, de ver Su rostro, de ser semejantes a Él. Y ese futuro glorioso está ya en movimiento, porque Su Espíritu está ya operando en nosotros, santificándonos, guiándonos, corrigiéndonos y asegurándonos que somos verdaderamente hijos de Dios.

Romanos 8:16-17 lo confirma de forma poderosa: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…

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Por lo tanto, que el creyente no dude. Las arras han sido dadas. El Espíritu no es una emoción, es una Persona. Él ha venido a morar en nosotros no como huésped temporal, sino como el eterno Consolador. 

Cada vez que produce en nosotros gozo, convicción, consuelo, hambre de la Palabra, deseo de santidad, amor por Cristo, es como si el cielo mismo nos hablara: “Esto es solo el comienzo; lo mejor está por venir”.

Dios nos ha dado una garantía inviolable, no en oro ni en palabras humanas, sino en Su Santo Espíritu. Por eso, confiamos, esperamos y perseveramos, sabiendo que nuestra herencia está segura en los cielos… y ya ha comenzado a disfrutarse aquí en la tierra.

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