“(Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad).” Efesios 5:9 (RVR1960)
Este versículo nos habla del fruto del Espíritu, es decir, las manifestaciones visibles de una vida guiada por el Espíritu Santo.
En el contexto de la mayordomía financiera, este fruto tiene implicaciones profundas, pues la forma en que administramos los recursos del Señor debe reflejar las cualidades de bondad, justicia y verdad.
Estos tres conceptos son fundamentales para entender cómo debemos manejar las finanzas de manera que honren a Dios y a Su Reino.
La bondad nos impulsa a la generosidad, la justicia nos llama a ser rectos en nuestras transacciones, y la verdad nos demanda integridad en todas nuestras acciones financieras.
El fruto (en griego, «καρπός», karpós) se refiere al resultado natural y evidente de una vida transformada por el Espíritu Santo. Así como un árbol produce fruto que refleja su naturaleza, los siervos de Cristo, como administradores de Sus bienes, deben mostrar que nuestras decisiones financieras están alineadas con Su carácter.
No somos dueños de lo que poseemos; todo lo que tenemos proviene del Señor Jesucristo, quien es la fuente de todas las riquezas (Salmo 24:1). Como buenos mayordomos, el fruto que producimos a través de nuestras finanzas debe ser un reflejo de la generosidad y el amor de Dios.
El término Espíritu (πνεῦμα, pneuma) aquí se refiere al Espíritu Santo, quien nos capacita para vivir de acuerdo con los principios de Dios. Nuestra relación con el Espíritu se refleja en cómo gestionamos los recursos que el Señor nos ha confiado.
Como ministros del Evangelio, debemos buscar la dirección del Espíritu en nuestras decisiones económicas, sabiendo que no administramos bienes nuestros, sino los del Señor, y que seremos llamados a rendir cuentas de cómo hemos usado lo que Él nos ha dado (Mateo 25:14-30).
Bondad (ἀγαθωσύνη, agathōsynē) implica más que simplemente hacer el bien; es una cualidad del carácter de Dios, que nos llama a actuar en beneficio de los demás.
En términos de mayordomía financiera, esto se traduce en ser generosos y estar siempre dispuestos a compartir nuestras riquezas con quienes lo necesitan.
Un ejemplo práctico de esto sería cuando un creyente, en lugar de acumular riquezas para sí mismo, decide apartar parte de sus ingresos para apoyar misiones, ayudar a los pobres o sostener la obra de la iglesia. Esta acción refleja la bondad que el Espíritu produce en nosotros y muestra que confiamos en el Señor como nuestra verdadera fuente de provisión (Proverbios 11:24).
La palabra justicia (δικαιοσύνη, dikaiosýnē) implica rectitud y equidad. Como administradores de los recursos que nos han sido confiados, debemos actuar con integridad en nuestras transacciones financieras, evitando cualquier forma de injusticia o engaño.
El siervo de Cristo que practica la justicia en sus finanzas refleja la santidad de Dios y demuestra que su confianza no está en el dinero, sino en la provisión y fidelidad del Señor.
Finalmente, verdad (ἀλήθεια, alḗtheia) en este contexto se refiere a la sinceridad y la transparencia. La administración financiera debe caracterizarse por la honestidad, tanto en nuestras relaciones con otros como en nuestra rendición de cuentas ante Dios.
Aquellos que manejan las finanzas con integridad reflejan el carácter de Cristo, quien es la verdad encarnada (Juan 14:6), y muestran que no buscan ganancias deshonestas, sino que buscan honrar a Dios en todo.
Un ejemplo práctico de la aplicación de estos principios es un empresario cristiano que, al manejar sus finanzas, decide pagar salarios justos a sus empleados, rechazar prácticas corruptas, y destinar una porción de sus ganancias a la obra del Señor. En lugar de caer en la trampa de la avaricia o la codicia, este empresario demuestra el fruto del Espíritu en su vida financiera, actuando con bondad hacia sus empleados, justicia en sus tratos, y verdad en su integridad.
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En resumen, los principios de bondad, justicia y verdad son esenciales para una mayordomía financiera que honra a Dios.
Como esclavos voluntarios de Cristo, debemos recordar que las riquezas no son nuestras, sino que le pertenecen a Él.
Al aplicar estos principios en nuestras decisiones financieras diarias, nos acercamos más a la voluntad de Dios, mostrando que somos fieles siervos, comprometidos a reflejar Su carácter en la manera en que usamos los recursos que nos ha confiado.


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