¿Estudiar la Biblia para Enseñar o para Ser Transformado?

Introducción: Una Tensión Real entre el Ministerio y la Devoción. Para quienes han recibido el don de enseñar —sean maestros, profesores, pastores o predicadores— es una bendición y una carga santa manejar la Palabra de Dios. Sin embargo, existe una tensión interna que muchos, si son sinceros, conocen muy bien: el riesgo de estudiar la Escritura más para enseñarla que para ser transformados por ella.

Esta lucha no es nueva, pero es urgente. El apóstol Pablo instruyó a Timoteo, un joven ministro, con estas palabras: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1ª Timoteo 4:16). Pablo no le dice solo “cuida lo que enseñas”, sino también “cuida de ti mismo”. La integridad del ministro no comienza en el púlpito, sino en el corazón.

Dos Caminos: ¿Estudio Devocional o Estudio Ministerial?

Imaginemos por un momento que solo existieran dos razones para abrir la Biblia:

1. Para enseñarla a otros.

2. Para ser transformados por ella.

Ambas son buenas y bíblicas. 

Pero cuando una eclipsa a la otra, corremos el riesgo de convertirnos en conductos que no beben del agua que transmiten. 

Enseñamos lo que no vivimos con la profundidad que deberíamos. 

Citamos lo que no ha quemado primero nuestra conciencia. 

Recitamos lo que no ha quebrantado aún nuestro orgullo.

El peligro de estudiar para enseñar, pero no para ser transformados. Los escribas y fariseos en tiempos de Jesús eran expertos en la ley. Conocían las Escrituras, pero no conocían al Dios de las Escrituras. Por eso Jesús les dice: “Escudriñáis las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39–40).

Ellos estudiaban, sí. Pero no se acercaban a la Persona detrás de la Palabra. Es posible ser diestro en interpretación y torpe en santidad. Es posible alimentar a muchos mientras el alma propia se marchita.

La Escritura como Instrumento de Transformación. La Biblia no fue dada primero como un manual académico, sino como revelación divina que transforma el corazón humano. Hebreos 4:12 nos recuerda: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu… y disierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”

Esa palabra viva debe primero herirnos, corregirnos, guiarnos, consolarnos, antes de ser proclamada con autoridad. De hecho, la autoridad verdadera del maestro viene de ser él mismo un discípulo rendido a la Palabra que enseña.

El Modelo de los Grandes Siervos. David, aunque rey y salmista, nunca trató la Palabra de Dios como algo solo para recitar. La amaba con el corazón de un hombre transformado. Dijo: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

Y en el mismo salmo exclama: “Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata” (Salmo 119:72).

Y nuevamente: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos” (Salmo 139:23).

David no quería solo comprender; quería ser examinadotransformadosantificado.

El apóstol Pablo también entendía esto. Él no solo enseñaba la gracia, la vivía. En Filipenses 3 declara que su meta no era solo predicar a Cristo, sino: “…conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos…” (Filipenses 3:10).

Reconociendo el Desequilibrio y Enmendando el Rumbo. Muchos de nosotros hemos invertido más tiempo en aprender para enseñar, que en meditar para obedecer. 

Y aunque eso no niega que la Palabra nos haya transformado en parte, no es lo mismo permitir que la Palabra moldee todas las áreas de nuestra vida con la misma dedicación con la que nos preparamos para predicar.

El problema no es estudiar para enseñar. Eso es bíblico. El problema es descuidar el estudio que transforma, confronta y quebranta.

Santiago nos advierte: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).

Y en otra parte: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1).

El llamado es serio. Y el autoengaño —creer que por enseñar ya estamos siendo transformados— es peligroso.

¿Qué hacer entonces?

1. Recuperar el altar personal: no solo estudiar para preparar mensajes, sino leer para ser pastoreado por Dios.

2. Separar tiempos distintos: un tiempo para estudiar con fines ministeriales y otro para meditar devocionalmente.

3. Ser intencional: orar antes de abrir la Biblia, pidiendo que el Espíritu Santo nos hable personalmente.

4. Confesar el desequilibrio: si hemos dado más prioridad a lo externo que a lo interno, debemos confesarlo y enmendarlo.

5. Vivir antes de predicar: como dijo un puritano, “la vida del predicador es el alma de su predicación”.

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Que la Palabra nos atraviese primero. Volvamos a Hebreos 4:12: la Palabra es espada. No para blandirla primero hacia otros, sino para que nos corte a nosotros antes de que enseñemos con ella.

Volvamos al corazón. A ese lugar secreto donde la Escritura no se estudia para impresionar, sino para rendirse.

Como maestros, como predicadores, como siervos, tenemos la alta responsabilidad de no ser solamente transmisores de verdad, sino modelos de vidas transformadas por esa verdad. Solo entonces nuestra enseñanza será viva, humilde, poderosa… y bíblica.

Señor, que cada vez que abramos tu Palabra, sea para ser transformados antes que usados. Amén.

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