El 26 de julio de 1890, las autoridades peruanas arrestaron al misionero metodista Francisco Penzotti mientras desayunaba. Penzotti fue llevado a prisión a punta de bayoneta, acusado de convertir a católicos al protestantismo.
Su arresto y posterior encarcelamiento provocaron una protesta internacional, con su país natal, Italia, así como los Estados Unidos y el Reino Unido, exigiendo su liberación.
Francisco Penzotti, un ferviente evangelista, había dedicado su vida a predicar el evangelio y a difundir la fe protestante en América Latina.
Su labor en Perú, sin embargo, se encontró con una fuerte oposición debido a la predominancia de la Iglesia Católica y la intolerancia religiosa vigente en el país en ese momento.
Durante los tres años que pasó en prisión, Penzotti no dejó de predicar. A pesar de las difíciles circunstancias, logró ganar a muchos prisioneros para Cristo, convirtiendo su encarcelamiento en una oportunidad para expandir su misión evangelizadora.
Su persistencia y fe inquebrantable no solo inspiraron a sus compañeros de celda, sino que también atrajeron la atención de la comunidad internacional.
La protesta internacional ante el encarcelamiento de Penzotti fue significativa. Italia, el país natal de Penzotti, junto con los Estados Unidos y el Reino Unido, presionaron al gobierno peruano para que liberara al misionero.
La presión diplomática y las denuncias públicas sobre la falta de libertad religiosa en Perú generaron un escrutinio global sobre las prácticas intolerantes del país.
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Finalmente, la creciente presión internacional y el clamor por la justicia llevaron a Perú a relajar sus políticas de intolerancia religiosa. El caso de Francisco Penzotti se convirtió en un punto de inflexión, marcando el inicio de una mayor apertura y tolerancia hacia diferentes creencias religiosas en el país. Aunque su encarcelamiento fue una prueba dura, Penzotti emergió como un símbolo de resistencia y fe, dejando un legado perdurable en la historia del cristianismo en América Latina.

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