El 24 de septiembre de 1769, George Whitefield se encontraba en medio de su última gira de predicación en América, una campaña que finalizaría al año siguiente con su muerte el 30 de septiembre de 1770. A pesar de su salud deteriorada, Whitefield continuaba predicando con gran vigor en Nueva Inglaterra y otras colonias, atrayendo multitudes masivas en cada sermón. Su impacto en esta última etapa fue inmenso, consolidando su legado durante los últimos días del Gran Despertar.
Contexto histórico y papel en el Gran Despertar. Whitefield, nacido en Gloucester, Inglaterra, en 1714, fue una de las figuras más influyentes del movimiento evangélico del siglo XVIII y una pieza clave en el Gran Despertar, un avivamiento religioso que sacudió tanto a Gran Bretaña como a las colonias americanas. Ordenado como sacerdote en la Iglesia Anglicana, Whitefield desarrolló un estilo de predicación dinámico, apasionado y lleno de fervor, lo que le permitió destacar en un contexto en el que el cristianismo tradicional se había vuelto en muchos casos más racional y formal.
La gran contribución de Whitefield fue su enfoque en la necesidad de una experiencia de conversión personal y una vida centrada en la fe activa en Cristo. Su teología calvinista enfatizaba la soberanía de Dios en la salvación y la incapacidad humana de ganarse el favor divino sin la intervención de la gracia de Dios.
Última gira en América. En 1769, ya con 55 años de edad y con problemas de salud cada vez más evidentes, Whitefield se embarcó en lo que sería su último recorrido por las colonias americanas. A pesar de sus problemas respiratorios crónicos, en particular el asma, continuaba predicando con la misma pasión que lo caracterizó durante toda su carrera. Viajaba a caballo entre ciudades y pueblos, agotando su cuerpo, pero no su espíritu.
A medida que avanzaba su gira, el predicador seguía atrayendo a multitudes asombrosas. Muchas personas que habían escuchado de él a lo largo de los años, o que habían sido afectadas por sus mensajes, se congregaban para escucharle por última vez. En ese momento, el Gran Despertar ya estaba en declive, pero la predicación de Whitefield seguía influyendo en el despertar espiritual de miles.
Un predicador incansable. Whitefield predicó al aire libre en numerosos lugares, y a menudo lo hacía hasta el punto de agotarse físicamente. La pasión que ponía en sus sermones, que a veces duraban horas, era tanto emocional como física, lo que lo hacía único entre los predicadores de su tiempo. Se decía que su voz tenía tal poder y claridad que podía ser escuchado por decenas de miles de personas al aire libre sin la necesidad de amplificación.
La predicación de Whitefield no solo se centraba en la salvación personal, sino también en la transformación de la sociedad a través de una vida moral guiada por los principios cristianos. Su enfoque en el nuevo nacimiento en Cristo y la necesidad de una conversión personal directa a través del arrepentimiento resonaba profundamente entre los colonos americanos, muchos de los cuales buscaban una experiencia de fe más personal y comprometida.
La muerte de un “gigante” espiritual. El 29 de septiembre de 1770, Whitefield predicó su último sermón en Newburyport, Massachusetts. A pesar de estar casi exhausto y con una salud muy deteriorada, su voz no perdió la fuerza, y sus palabras siguieron conmoviendo a los oyentes. Al día siguiente, Whitefield falleció, habiendo entregado literalmente su vida al ministerio de la predicación del evangelio.
Su muerte marcó el final de una era en la historia del Gran Despertar, pero su legado perduró a través de los numerosos conversos y ministros que inspiró a lo largo de su vida. Fue enterrado en la iglesia de Newburyport, donde había predicado su último sermón.
Retrato final de Whitefield. Poco antes de su muerte, Whitefield posó para lo que sería su último retrato, pintado en 1770. En ese retrato, muchos de sus contemporáneos comentaron que era el retrato que mejor capturaba la esencia de quién era él. En la pintura, se ve a un Whitefield desgastado y cansado por las décadas de arduo ministerio, pero con una mirada que reflejaba la convicción y la pasión que siempre lo acompañaron.
Este retrato es un testimonio de su vida de servicio sacrificial, un hombre completamente entregado a su misión, quien, a pesar de las adversidades físicas, nunca dejó de proclamar el evangelio. Aunque su cuerpo estaba agotado, su espíritu permanecía inquebrantable.
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George Whitefield sigue siendo una figura central en la historia del cristianismo evangélico. Su legado no solo se encuentra en los sermones que predicó y en las almas que se convirtieron gracias a su ministerio, sino también en su contribución al avivamiento espiritual de las colonias americanas, que influyó en el desarrollo del cristianismo en América del Norte.
Hoy en día, Whitefield es recordado como un pionero en la predicación itinerante, cuya vida fue un ejemplo de dedicación incansable a la proclamación del evangelio, y cuyas enseñanzas sobre la soberanía de Dios en la salvación continúan impactando a generaciones de creyentes en todo el mundo.


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