Jonathan Edwards

El 22 de marzo de 1758, Jonathan Edwards, quien es considerado el teólogo más destacado de América, falleció a causa de las complicaciones derivadas de una vacunación contra la viruela.

Esto ocurrió poco después de su llegada a Nueva Jersey, donde había aceptado el cargo de presidente de lo que hoy conocemos como la Universidad de Princeton.

Edwards fue una figura central en el Primer Gran Despertar, un movimiento de reavivamiento religioso que barrió las colonias británicas de América del Norte en el siglo XVIII.

Su obra más famosa, “Pecadores en manos de un Dios airado”, es un sermón que refleja la intensidad de su predicación y la profundidad de sus convicciones teológicas.

La muerte de Edwards por la vacuna contra la viruela señala un momento histórico interesante en la historia de la medicina y la salud pública.

En aquel tiempo, la vacunación era un procedimiento médico novedoso y arriesgado, basado en la inoculación con material de las pústulas de la viruela de individuos infectados, con el objetivo de generar inmunidad en la persona vacunada.

A pesar de los riesgos, Edwards decidió vacunarse, demostrando su fe en el progreso de la ciencia médica y su deseo de protegerse contra una enfermedad que era devastadora y muy temida en ese período.

Su aceptación de la presidencia de la universidad marcaba el comienzo de una nueva etapa en su vida, dedicada no solo a la teología sino también a la educación superior y al liderazgo académico. Sin embargo, su prematura muerte truncó lo que podría haber sido una influente carrera en el ámbito educativo.

Edwards dejó un legado teológico profundo, siendo sus ideas fundamentales para el desarrollo de la evangelización americana y el calvinismo de la Nueva Inglaterra.

La ironía de su fallecimiento, dadas sus intenciones de avanzar en el conocimiento y su compromiso con la fe cristiana, resalta la vulnerabilidad humana frente a las enfermedades y los riesgos asociados con los primeros esfuerzos en el campo de la medicina preventiva.

La historia de Edwards nos recuerda la importancia de la valentía y la fe en la búsqueda del bienestar colectivo, así como los desafíos y sacrificios que a veces esto implica.

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