El 23 de septiembre de 1960, C. S. Lewis, el influyente escritor, apologista cristiano y académico inglés, escribió una carta profundamente conmovedora mientras atravesaba el duelo por la reciente muerte de su esposa, Joy Davidman; el 13 de julio de 1960, falleció en Oxford Joy Davidman Lewis.
En esta carta, Lewis expresó una reflexión que revela la complejidad del dolor y la conexión emocional con los seres queridos que han fallecido: “Mi gran descubrimiento reciente es que cuando menos lloro por Joy, me siento más cerca de ella. El dolor apasionado nos separa de los muertos.”
Contexto personal de C. S. Lewis. Para comprender el peso de estas palabras, es importante contextualizar la vida de C. S. Lewis y su relación con Joy Davidman. Lewis, quien es ampliamente conocido por sus obras apologéticas como Mero Cristianismo y sus libros de ficción como Las Crónicas de Narnia, no conoció el amor conyugal hasta una edad relativamente tardía. Aunque durante gran parte de su vida fue un hombre soltero y solitario, en la década de 1950 conoció a Joy, una escritora estadounidense de origen judío que había convertido al cristianismo.
Su relación comenzó como una amistad basada en el respeto intelectual mutuo, pero con el tiempo evolucionó en una relación amorosa y finalmente en matrimonio en 1956. Sin embargo, su felicidad juntos fue efímera, ya que Joy fue diagnosticada con cáncer poco tiempo después de su boda. A pesar de una breve remisión, Joy falleció en 1960, lo que dejó a Lewis devastado.
Reflexiones sobre el duelo. La carta de Lewis del 23 de septiembre de 1960 refleja el dolor profundo que sentía tras la pérdida de su esposa. Sin embargo, en medio de su luto, Lewis hizo un «gran descubrimiento», como él lo llama: Cuando su dolor era menos intenso, sentía una conexión más cercana con Joy. En cambio, cuando el «dolor apasionado» dominaba su corazón, sentía que ese dolor lo separaba de su difunta esposa.
Esta observación es sumamente perspicaz, ya que va en contra de la intuición que muchas veces tenemos sobre el duelo. Comúnmente se cree que mientras más lloremos o suframos, más estamos mostrando amor o conexión con el ser querido que hemos perdido. Pero Lewis nos presenta una paradoja emocional: Cuando el dolor se intensifica hasta el punto de dominar nuestros sentimientos, en lugar de acercarnos a la memoria de la persona fallecida, nos aliena de ella.
Ese tipo de dolor consume la mente y el corazón de tal manera que la persona en duelo se pierde en su propio sufrimiento, lo que genera una desconexión con la esencia de quien han perdido.
El dolor apasionado, según Lewis, tiene el poder de cerrar nuestros corazones, no solo ante el consuelo divino, sino también ante la memoria auténtica y viva de la persona amada. El sufrimiento desenfrenado puede bloquear el acceso a los recuerdos que traen paz y cercanía con el fallecido.
Esta reflexión puede resonar con muchas personas que han experimentado una pérdida: Cuando nos encontramos atrapados en el abismo del sufrimiento, podemos perder la capacidad de recordar con claridad los momentos felices, las cualidades amadas y las conexiones profundas que tuvimos con el ser querido.
Conexión con la espiritualidad cristiana. El pensamiento de Lewis también refleja su profunda espiritualidad cristiana. Como apologista cristiano, su vida estuvo dedicada a explorar la naturaleza del sufrimiento, la muerte y el propósito de la vida desde una perspectiva cristiana.
En el cristianismo, el dolor y la muerte no son el final, sino una transición hacia una vida eterna. Esta visión otorga esperanza a los creyentes, quienes confían en que volverán a reunirse con sus seres amados en la eternidad.
Lewis, al expresar que el «dolor apasionado» nos separa de los muertos, tal vez está reconociendo una realidad espiritual: el sufrimiento extremo puede nublar nuestra visión de lo eterno y lo trascendental.
El dolor desenfrenado puede impedirnos experimentar el consuelo que proviene de Dios y la esperanza de la vida eterna. En este sentido, su descubrimiento no solo es emocional, sino también espiritual.
Al aprender a calmar el dolor y no dejarse dominar por él, Lewis se abre a una nueva forma de experimentar la presencia de Joy, una presencia que no está ligada a lo físico, sino a lo eterno y espiritual.
Un aprendizaje práctico sobre el duelo. El descubrimiento de Lewis nos enseña que, aunque el dolor por la pérdida de un ser querido es natural e inevitable, existe un punto en el que debemos aprender a gestionar ese dolor de manera que nos permita honrar la memoria de la persona fallecida y mantenernos conectados con ella de una manera saludable.
En lugar de dejarnos consumir por el sufrimiento, podemos aprender a recordar con gratitud, a celebrar la vida de quien hemos perdido, y a mantener viva su esencia a través de los recuerdos y las enseñanzas que nos dejaron.
Ejemplo práctico. Un ejemplo de este principio podría ser una persona que, al perder a un ser querido, se sumerge en una tristeza profunda y constante, hasta el punto de aislarse de todos sus amigos y familiares.
Aunque el dolor inicial es comprensible, con el tiempo, esa tristeza constante puede nublar los recuerdos positivos que tenía de la persona fallecida. Sin embargo, al permitirse momentos de paz, donde el dolor no sea el centro de sus pensamientos, puede comenzar a sentir una conexión más auténtica con su ser querido, recordando con más claridad los momentos felices y las cualidades que hicieron especial a esa persona.
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El principio que C. S. Lewis nos ofrece a través de su reflexión es profundamente aplicable a nuestra vida cotidiana.
Enfrentar el duelo con serenidad y una aceptación gradual nos permite honrar verdaderamente a nuestros seres queridos, recordando que nuestro dolor no debería consumirnos.
Al aprender a calmar el dolor, podemos encontrar consuelo en la esperanza de la vida eterna, y a su vez, conectarnos más profundamente con la memoria de nuestros seres amados.
Como administradores de nuestras emociones y nuestras vidas, somos llamados a cuidar nuestra relación con Dios y con quienes nos rodean, manejando el dolor con fe y esperanza, confiando en que nuestro Señor Jesucristo es la fuente de todo consuelo y paz.

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