En la actualidad, se ha vuelto cada vez más común escuchar a predicadores y maestros que, si bien reconocen que el diezmo como sistema legal ya no es vinculante bajo el Nuevo Pacto, insisten sin embargo en que “el principio del diezmo” permanece vigente como norma aplicable al creyente.
Esa afirmación pretende ofrecer un punto medio entre la antigua ley mosaica y la gracia del evangelio. Pero, ¿es realmente un punto medio legítimo? ¿O se trata de una reconstrucción artificial que disfraza una exigencia doctrinal bajo una forma más aceptable?
A lo largo de este análisis iremos explorando diferentes posturas que intentan sostener que el diezmo contiene un principio normativo válido para los cristianos bajo el evangelio.
Para ello, examinaremos no solo el contenido teológico de tales afirmaciones, sino también las herramientas retóricas que se emplean para sostenerlas. Y en este punto, vale señalar que algunas de estas estrategias no apelan a la Escritura, sino a mecanismos de persuasión que podrían enmascarar la debilidad bíblica del argumento.
Si usted alguna vez escuchó o escuchara lo siguiente: “Dios estableció un sistema tributario en el Antiguo Testamento que se conoció como el diezmo”, y a partir de allí se intenta derivar un principio aplicable hoy, tenga presente que lo que se está haciendo no es una exposición del Evangelio, sino una extrapolación de la ley antigua a la vida de la iglesia bajo la gracia.
Es cierto que el Antiguo Testamento contenía un sistema tributario con múltiples diezmos: uno para el sustento de los levitas (Números 18:21), otro para las festividades religiosas (Deuteronomio 14:22-27), y un tercero cada tres años para los pobres (Deuteronomio 14:28-29).
Pero ese sistema estaba atado a una teocracia terrenal, con un sacerdocio levítico, un templo físico en Jerusalén y un pueblo nacional y étnico, Israel. Nada de esto existe hoy bajo el Nuevo Pacto.
El Nuevo Testamento no actualiza ese sistema, lo supera. El sacerdocio levítico ha sido reemplazado por Cristo como nuestro sumo sacerdote eterno (Hebreos 7:11-12), y el templo físico ha sido sustituido por el cuerpo de Cristo, la iglesia (1ª Corintios 3:16-17).
No hay tributos levíticos, porque no hay levitas. No hay diezmos rituales, porque no hay festividades mosaicas. Y no hay un Israel teocrático, porque ahora somos una nación santa espiritual, un pueblo adquirido por Dios (1ª Pedro 2:9).
A pesar de ello, el autor intenta justificar la permanencia del principio del diezmo diciendo que “las razones por las cuales el diezmo fue recogido en el Antiguo Testamento permanecen hoy”. Aquí ocurre un giro silencioso: no se defiende el diezmo como mandato, sino como “principio útil”, pero el resultado práctico sigue siendo el mismo: una expectativa del 10% como base mínima. Esto no es fidelidad a la Palabra, sino rehacer una ley sin su marco. Es como usar el arca del pacto sin el tabernáculo.
Este razonamiento ignora el profundo cambio de paradigma entre ley y gracia. Bajo la ley, el dar era impositivo y porcentual; bajo la gracia, el dar es voluntario, alegre y sacrificial (2ª Corintios 9:6-7).
El diezmo no se transforma en principio eterno solo porque haya respondido a necesidades válidas. Lo que lo sustentaba era un pacto desaparecido, una economía abolida, una sombra que ya no tiene cuerpo (Colosenses 2:16-17).
Cuando se dice: “tenemos ministros que necesitan salario, templos que sostener y necesidades por cubrir”, se afirma algo cierto. Pero el medio para suplirlas no es la reedición de una ley mosaica, sino la obediencia al Espíritu y a la libertad de los redimidos.
El apóstol Pablo nunca apeló al diezmo cuando escribió sobre ofrendas. Nunca dijo: “recuerden el diezmo”; dijo: “cada uno dé como propuso en su corazón” (2ª Corintios 9:7).
Esto nos lleva a una profunda reflexión: ¿es fidelidad dar según la ley o dar según la gracia? ¿Es mayor fe depender de un porcentaje antiguo o confiar en que el Espíritu obrará generosidad en los corazones regenerados?
Insistir en que el 10% es un “principio” vigente es, en el fondo, desconfiar de la potencia de la gracia para generar una dádiva abundante y alegre. Es intentar poner freno numérico a una fe sin límites.
¿Se utilizó alguna artimaña en el argumento original? Sí, se emplearon al menos dos artimañas retóricas notables:
Artimaña 32 de Schopenhauer: Atribuir motivos ocultos. Al sugerir que quienes están en contra del diezmo lo hacen porque quieren dar menos, se descalifica la objeción al diezmo no por razones bíblicas, sino por supuestas intenciones egoístas. Esto desvía el debate desde la verdad doctrinal hacia la motivación subjetiva del opositor.
Artimaña 15: Cambiar la premisa sin notificarlo. El autor reconoce que el sistema del diezmo no está vigente, pero acto seguido lo sustituye con un “principio” extraído de ese mismo sistema, sin que haya un puente bíblico legítimo entre ambos. Se abandona la ley como sistema, pero se preserva su forma bajo otro nombre. Esto introduce una falacia de continuidad forzada, haciendo parecer que hay base bíblica donde no la hay.
Podría incluso argumentarse que hay una apelación al temor o la culpa, al decir que si uno gana mucho y solo da el 10%, se cuestiona qué hace con el resto.
Aunque la reflexión es válida en otro contexto, en este caso se usa para reforzar indirectamente la idea de que el 10% debe ser el punto de partida, sin establecer que el Nuevo Testamento enseñe tal cosa.
Conclusión. Si el diezmo es presentado como norma, estamos reviviendo una sombra.
Si es presentado como “principio”, estamos reemplazando la dirección del Espíritu con un número fijo.
En ambos casos se ignora el diseño del Nuevo Pacto.
La verdadera generosidad no nace del sistema mosaico, sino del corazón transformado por la gracia de Dios.
Por eso, el verdadero pastor no apela a porcentajes, sino a la obra del Espíritu en sus oyentes, confiando en que “Dios puede hacer que abunde en vosotros toda gracia” (2ª Corintios 9:8), no solo el diez por ciento.


Deja una respuesta