Durante siglos, se ha pensado que las Cinco Solas —Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus y Soli Deo Gloria— fueron una invención doctrinal del siglo XVI, nacida como respuesta a los excesos y errores de la Iglesia medieval.
Sin embargo, un examen honesto de los escritos patrísticos demuestra que estas no fueron un descubrimiento reformador, sino una recuperación fiel de convicciones que ya ardían en el corazón de la iglesia antigua.
Los exégetas y expositores de los primeros siglos, aunque sin usar los términos técnicos acuñados por los reformadores, tenían muy claras estas verdades y las asumían con profunda reverencia y constancia.
Sola Scriptura era para ellos una regla implícita e innegociable. No hilvanaban dos frases sin recurrir a las Escrituras como fundamento. Para ellos, la autoridad de la Palabra de Dios era la piedra angular de toda enseñanza, y cualquier interpretación o reflexión debía estar anclada en el testimonio divino.
Cuando san Agustín dice “Yo no creería en el evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia”, no niega la autoridad de las Escrituras, sino que reconoce su recepción. Pero cuando predica, argumenta, y exhorta, es la Escritura la que lo guía.
Los Padres no apelaban a tradición humana para validar doctrina; al contrario, la tradición era válida solo en la medida en que se conformaba a la Palabra revelada.
Sola Fide y Sola Gratia tampoco eran ideas ajenas a sus labios ni a sus corazones. Constantemente subrayaban que la salvación es don de Dios, no resultado de méritos humanos.
Ambrosio afirmó claramente: “No por nuestros méritos somos justificados, sino por la fe”. Y Agustíncombatió sin descanso la idea de que las buenas obras preceden a la gracia. La fe, enseñaban, es la mano vacía que recibe; la gracia, el tesoro inmerecido que Dios deposita. La obra del Espíritu en el alma no es una recompensa, sino una intervención soberana de amor.
Solus Christus era el centro de toda exégesis. Ya fuera en interpretaciones literales, morales o alegóricas, los Padres leían la Biblia con ojos cristocéntricos. Para ellos, toda la Escritura es un solo libro con un único protagonista: Jesucristo.
Leían los títulos de los Salmos buscando a Cristo; veían su figura en las sombras del Antiguo Testamento, y celebraban su manifestación en el Nuevo como la consumación de todas las promesas. Jesucristo era para ellos el Verbum Abbreviatum, la Palabra condensada, el Logos eterno que da sentido a toda revelación. Todo conducía a Él; nada era pleno sin Él.
Soli Deo Gloria era el espíritu que impregnaba cada línea de sus exposiciones. No se enseñaba para engrandecer al predicador, ni para defender instituciones humanas, sino para exaltar al Dios vivo y verdadero.
Cada enseñanza era un acto de alabanza; cada defensa doctrinal, un tributo al carácter glorioso del Creador. No se buscaban halagos, sino fidelidad. Los sermones y comentarios estaban atravesados por una sola ambición: que Dios fuera conocido, temido, amado y glorificado.
Por tanto, las Cinco Solas no son una novedad doctrinal, sino una voz coral que resuena desde los comienzos de la iglesia.
La Reforma, más que innovar, redescubrió un camino antiguo; no creó una nueva senda, sino que volvió a trazar la que los primeros caminantes ya habían pisado con devoción.
Los reformadores no inventaron estas verdades: simplemente las proclamaron a viva voz cuando otros las habían silenciado.
Y al hacerlo, nos legaron no solo un cuerpo doctrinal, sino un eco antiguo que, desde los siglos primeros, aún sigue diciendo: solo la Escritura, solo la gracia, solo la fe, solo Cristo, y todo para la gloria de Dios.


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