Levítico 27:30-34 enseña acerca del diezmo y su relevancia para el pueblo de Israel y, por extrapolación, sus implicaciones teológicas para la iglesia cristiana contemporánea.
En este pasaje, el diezmo es presentado como algo “dedicado a Jehová”, esto se refleja en el mandato de que todo el diezmo de la tierra, ya sea de la semilla de la tierra o del fruto de los árboles, pertenece a Jehová (Levítico 27:30).
Se establece que si alguien desea redimir alguna parte de su diezmo, debe añadir una quinta parte a su valor (Levítico 27:31). Esto indica la importancia y la seriedad de la entrega del diezmo al Señor.
Además, se subraya que todo diezmo de ganado y ovejas, es decir, todo lo que pasa bajo la vara del pastor, también es santo para Jehová (Levítico 27:32).
No se permite hacer distinciones de calidad dentro de este diezmo; no se debe mirar si es bueno o malo, ni cambiarlo por otro. Si se hace un cambio, tanto el animal original como el sustituto se convierten en santos y no pueden ser redimidos (Levítico 27:33).
Finalmente, se concluye con un mandato directo de Jehová a Moisés para los hijos de Israel, reafirmando la santidad y la inalterabilidad de estas leyes y estatutos dados en el monte Sinaí (Levítico 27:34).
Estos versículos han sido utilizados tradicionalmente para argumentar a favor de la práctica continuada del diezmo en la iglesia, basándose en la noción de que, como algo “consagrado a Jehová”, el diezmo posee un carácter eterno y trascendental.
La práctica del diezmo, tal como se presenta en el Antiguo Testamento, estaba íntimamente ligada al sistema sacerdotal levítico y a la economía agrícola específica de Israel, lo que no es directamente aplicable en un contexto neotestamentario o moderno donde las condiciones culturales y económicas han cambiado drásticamente.


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