Los Prolegómenos; el umbral de la teología cristiana

Antes de adentrarse en las grandes doctrinas de la fe cristiana —como la Trinidad, la encarnación de Cristo o la justificación por la fe—, el estudiante de teología debe detenerse en una antesala imprescindible: los prolegómenos

Esta palabra, de origen griego (pro = “antes” y légo = “decir”), significa literalmente “lo dicho de antemano”. En el contexto teológico, los prolegómenos constituyen la introducción formal al estudio de Dios, donde se establecen las bases que sostendrán todo el edificio doctrinal.

Los prolegómenos no son una mera formalidad. Son, por el contrario, esenciales porque definen cómo abordamos la teología: cuál es nuestra fuente de conocimiento, cuál es la naturaleza del objeto estudiado (Dios), y cuáles son las condiciones del sujeto que estudia (el ser humano caído, dependiente de revelación). 

Aquí se responde a preguntas fundamentales: ¿Qué es la teología? ¿Por qué es legítimo estudiarla? ¿Con qué autoridad hablamos de Dios? ¿Cuál es la relación entre la razón y la revelación?

Uno de los pilares más importantes dentro de esta sección introductoria es la doctrina de la revelación. En los prolegómenos se explica que no podemos conocer a Dios si Él no se da a conocer primero. 

La teología cristiana parte de la revelación divina, y no de la especulación humana. Por tanto, se afirma que la fuente única, suficiente, infalible y autoritativa para conocer a Dios es la Escritura, la Palabra de Dios inspirada.

Además, los prolegómenos abordan la naturaleza y propósito de la teología. Se deja en claro que esta no es una ciencia fría ni una abstracción intelectual, sino un esfuerzo devoto por conocer al Dios verdadero tal como Él se ha revelado. 

Como lo expresó David Wells, la teología cristiana es “el esfuerzo sostenido de conocer el carácter, la voluntad y los actos del Dios trino según Él los ha desvelado e interpretado para su pueblo en las Escrituras”. 

La teología, por tanto, no tiene como fin la información, sino la transformación: debe conducirnos a la adoración, a la obediencia y a una vida centrada en la gloria de Dios.

Los prolegómenos son el fundamento reflexivo y reverente del estudio teológico. Nos recuerdan que hablar de Dios no es una osadía, sino un privilegio que sólo es posible porque Dios habló primero. Y en ese hablar, nos dio una regla —un kanón— por medio de la cual todo pensamiento debe ser medido: Su Palabra.

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Una vez establecido que la teología es el estudio de Dios tal como Él se ha revelado, el siguiente paso natural en los prolegómenos es identificar con claridad las fuentes sobre las que este estudio debe apoyarse. 

En el ámbito de la teología cristiana reformada, se afirma sin ambigüedad que la única fuente normativa y suficiente de la teología es la revelación de Dios, especialmente la Escritura inspirada.

Dios, en Su soberanía, ha decidido revelarse. Esta revelación se divide en dos categorías principales: revelación general y revelación especial.

La revelación general es el testimonio que Dios ha dejado de sí mismo en la creación, en la historia y en la conciencia humana. Como dice el Salmo 19:1: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Y como afirma Romanos 1:20, lo invisible de Dios —su eterno poder y deidad— se hace claramente visible a través de las cosas creadas. 

Sin embargo, aunque la revelación general es suficiente para hacer al hombre responsable, no es suficiente para salvarlo. Necesitamos una revelación más específica.

Aquí entra en escena la revelación especial, que es la autocomunicación de Dios mediante palabras y hechos redentores, culminando en la persona de Jesucristo y en las Escrituras que dan testimonio de Él. 

Hebreos 1:1-2 lo resume de manera magistral: “Dios… nos ha hablado por el Hijo”. Esta revelación especial quedó registrada de manera escrita, completa y cerrada en el canon bíblico, el cual constituye la única regla infalible de fe y conducta.

Aunque otros recursos —como la tradición, la razón y la experiencia— pueden ser auxiliaresninguno de ellos es fuente normativa de la verdad teológica. Solo la Escritura tiene el carácter de palabra de Dios inspirada, autoritativa y suficiente (2ª Timoteo 3:16-17). 

Toda teología que pretenda ser cristiana debe tener como punto de partida y referencia constante el testimonio bíblico.

Esto implica que el teólogo no es un inventor, sino un intérprete humilde de lo que Dios ha dicho. Su tarea no es especular, sino escuchar. No es levantar nuevas doctrinas, sino escudriñar, con temor y reverencia, lo que el Dios trino ha revelado para Su gloria y para nuestro bien.

Dentro del marco de los prolegómenos, una pregunta inevitable surge: ¿Es posible conocer a Dios? Y si lo es, ¿cómo debe entenderse ese conocimiento? La teología cristiana afirma, con certeza reverente, que sí: Dios puede ser conocido, porque Él ha decidido darse a conocer. 

Pero este conocimiento es dependiente, revelado, y sujeto a límites, pues el Creador es infinito y el ser humano, finito y caído.

El conocimiento teológico no es un descubrimiento humano ascendente, sino una revelación descendente. Es decir, no conocemos a Dios porque seamos capaces por naturaleza de escalar hasta Él, sino porque Él, en su gracia, ha condescendido en revelarse a criaturas incapaces de alcanzarlo por sus propios medios. Este conocimiento es, por tanto, gracia sobre gracia.

Ahora bien, este conocimiento no es irracional. Dios nos ha creado como seres racionales, y la fe cristiana no está divorciada del pensamiento. La teología es un ejercicio que involucra la razón, pero subordinada a la revelación. Como dijo Anselmo de Canterbury: “Fides quaerens intellectum” —la fe busca entendimiento. 

No creemos porque entendemos todo, sino que, al creer, comenzamos a entender correctamente. La razón, entonces, no es la fuente del conocimiento teológico, pero sí es una herramienta al servicio de la fe.

La fe, en este contexto, no es un sentimiento ciego ni una actitud irracional, sino la respuesta del corazón regenerado a la Palabra de Dios revelada. Es por medio de la fe que el creyente se apropia del conocimiento de Dios, y es por medio del Espíritu Santo que este conocimiento no solo informa, sino transforma

Como dice 1ª Corintios 2:14, el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; sólo el que tiene el Espíritu puede discernirlas espiritualmente.

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Por lo tanto, el conocimiento teológico es espiritual, relacional, y santificador. No se limita a llenar la mente, sino que enciende el alma. El verdadero conocimiento de Dios lleva a la reverencia, al temor santo, a la obediencia, y a una creciente pasión por Su gloria.

En conclusión, en el marco de los prolegómenos, entendemos que la teología cristiana no nace del genio humano, sino del acto divino de revelación, recibido por la fe y comprendido mediante una razón humilde, rendida a la autoridad de la Palabra. Hablar de Dios es posible, pero solo porque Dios habló primero.

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