Desde una perspectiva bíblica, la idea de que no es la cantidad de tiempo lo que importa, sino cómo se utiliza, encuentra resonancia en varias enseñanzas y principios encontrados en las Escrituras.
La Biblia enfatiza la sabiduría en la gestión del tiempo y la importancia de vivir nuestras vidas con propósito y dirección, bajo la guía de Dios.
El libro de Eclesiastés nos enseña que existe un momento designado para cada cosa bajo el cielo (Eclesiastés 3:1-8), indicando que la importancia no radica en la cantidad de tiempo de que disponemos, sino en identificar las oportunidades divinas para cada acción o meta en nuestras vidas.
La sabiduría radica en discernir el tiempo adecuado para cada acción, viviendo de acuerdo a la voluntad del Señor nuestro Dios.
El apóstol Pablo, en Efesios 5:15-16, insta a los creyentes a “andar como sabios, redimiendo el tiempo, porque los días son malos”. Esto subraya la idea de que debemos utilizar su tiempo sabiamente, aprovechando cada oportunidad para hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios, en lugar de perderlo en vanidades o actividades que no contribuyen al crecimiento espiritual o al bienestar de los demás.
Además, en el Sermón del Monte, Jesús enseña a sus discípulos a buscar primero el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). Este principio puede aplicarse a cómo utilizamos nuestro tiempo, priorizando actividades que alinean nuestras vidas con los valores del Reino y nos acercan más a Dios y a nuestros prójimos, en lugar de perseguir sin fin metas mundanas o temporales.
Por lo tanto, desde una perspectiva bíblica, la solución no se encuentra en tener más tiempo, sino en vivir intencionalmente el tiempo que Dios nos ha dado, con sabiduría y propósito.
Se nos llama a utilizar nuestro tiempo de manera que refleje nuestra fe, nuestra esperanza en Cristo, y nuestro compromiso con los valores eternos, marcando una diferencia en el mundo a través de nuestras acciones y decisiones cotidianas.


Deja una respuesta