El 10 de abril de 1952 (Historia Contemporánea), marcó un hito silencioso pero decisivo en la historia de la Iglesia en China. Ese día, Watchman Nee, un pastor profundamente comprometido con Cristo y la edificación de su Iglesia, fue arrestado por el régimen comunista bajo cargos fabricados. Lo acusaron de crímenes contra el Estado: especulación económica, fraude y actividades contrarrevolucionarias.
En realidad, su “crimen” fue haber predicado a Cristo con fidelidad, haber organizado comunidades cristianas independientes del control estatal y haber rechazado comprometer la verdad del Evangelio.
Watchman Nee no pertenecía a ninguna denominación tradicional. Fue un fuerte defensor de la no denominación, enseñando que la Iglesia debía ser simplemente la iglesia en tal ciudad, siguiendo el patrón del Nuevo Testamento (como “la iglesia en Corinto”, “la iglesia en Éfeso”, etc.).
Aunque influenciado por diversos autores cristianos como los Hermanos de Plymouth, Madame Guyon, Andrew Murray y T. Austin-Sparks, Nee desarrolló una visión eclesiológica muy particular.
Él creía que las divisiones denominacionales contradecían la unidad del Cuerpo de Cristo y promovía la vida de iglesia local —una sola iglesia por ciudad—, sin jerarquías clericales rígidas, donde todos los creyentes fueran partícipes activos.
Por tanto, no era protestante denominacional ni pentecostal, ni reformado, ni católico, sino parte de un movimiento conocido como la Iglesia Local, centrado en la experiencia interior de Cristo, la autoridad espiritual, y la práctica de la vida cristiana comunitaria bajo principios neotestamentarios.
Esta forma de congregarse, libre de estructuras denominacionales, fue precisamente lo que irritó tanto al régimen, que deseaba controlar toda expresión religiosa mediante el aparato estatal.
Durante el proceso judicial, Watchman Nee fue calumniado, juzgado sin justicia, y condenado a 15 años de prisión. No obstante, nunca sería liberado. Pasaría los últimos 20 años de su vida en prisiones chinas, donde enfrentó no solo la soledad y la vigilancia constante, sino la tragedia personal de no poder ver más a su esposa, quien moriría sin que él pudiera asistir a su entierro.
Pero la prisión no acalló su voz. Aunque aislado, su legado se esparció como una semilla que muere para dar fruto. Las iglesias que él ayudó a formar continuaron creciendo en medio de la persecución. Su vida de oración, su meditación constante en la Palabra, y su testimonio escrito dejaron un fundamento que millones de creyentes siguen leyendo y viviendo hoy.
Libros como La vida cristiana normal, El hombre espiritual y Autoridad espiritual siguen impactando a cristianos de todo el mundo, desafiándolos a vivir una vida centrada en Cristo, crucificada al yo, y obediente al Espíritu.
El 30 de mayo de 1972, después de dos décadas de encierro, Watchman Nee falleció en la prisión de Anhui. Su sobrina fue autorizada a recoger sus cenizas. En el papel hallado bajo su almohada, estaba escrita su última confesión de fe: “Cristo es el Hijo de Dios, que murió para redimir a los pecadores y resucitó después de tres días. Esta es la verdad más grande del universo. Muero creyendo en Cristo”.
Este testimonio final no fue una despedida, sino una proclamación. Mientras los regímenes se alzan y caen, mientras los líderes pasan y las ideologías se desvanecen, la verdad de Cristo sigue viva. Y el eco del arresto de aquel 10 de abril de 1952 no es un lamento, sino un llamado: que la fidelidad a Cristo vale más que la vida misma; que ningún poder humano puede detener la obra del Espíritu; y que la sangre de los fieles, aun en prisión, siembra cosechas invisibles que florecen con el tiempo.
Hoy, más de dos millones de cristianos en China trazan su fe hasta la vida y testimonio de Watchman Nee.
Y más allá de las fronteras de su patria, su vida sigue hablando a todo creyente que desea seguir a Cristo sin reservas.
Porque aunque fue silenciado por los hombres, fue vindicado por Aquel que reina desde los cielos.


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